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31-12-2019
EHEU FUGACES, PÓSTUME, PÓSTUME, LABUNTUR ANNI
¡FELIZ AÑO NUEVO!

Eufónica suena la melancólica oda de Horacio a Póstumo (Cármina, II, XIV) que aprovecho para reflexionar sobre el tiempo en fuga constante en este primer día del año 2020. “Ay, Póstumo”, fugaces labuntur anni, dice el poeta: se derrumban los años en su huida. Año Nuevo, decimos y comienza la prisa del nuevo calendario. “Ni siquiera la piedad detendrá las arrugas de la amenazante vejez ni la inevitable o invencible muerte”, sigue el poeta. Como contrapeso de estos temidos augurios, qué bien suenan otros versos del mismo autor: Beatus ille qui procul negotiis [...] paterna rura bobus exercet: “Bienaventurado quien, dejados otros negocios, labra los campos paternos con la yunta de bueyes”, y que glosó admirablemente nuestro Luis de León: “¡Qué descansada vida la del que huye del mundanal ruido y sigue la escondida senda por donde han ido los pocos sabios que en el mundo han sido”. 

Versos, sentimientos de poetas líricos, recuerdos de adolescencia y juventud que provocan nostalgia a la madurez y la ancianidad presentes. Pero es el calendario -más que la fiesta del Año Nuevo- quien nos recuerda que el tiempo fluye y se precipita en la nada de un ayer que no volverá, de un año más que pasó y de un futuro incierto. Y, como contrapeso, a los cristianos nos queda el consuelo de quien sabe que el tiempo cronológico no es una realidad en círculo cerrado, en un eterno retorno, inexorable, sino “lineal”, que tiene un arjé (principio) y un ésjaton (final), un Alfa y un Omega: el tiempo, como la historia humana, están en constante “progreso”. La Biblia entera -Antiguo y Nuevo Testamento- es testigo de esa interpretación que mira más allá del tiempo, a la eternidad.

Los científicos, los filósofos, los teólogos, los psicólogos, los historiadores o los poetas pueden especular sobre la categoría “tiempo”, sus modalidades: tiempo y eternidad, tiempo de las personas o de la colectividad, ritmos biológicos o emocionales de los seres humanos: niñez, infancia, adolescencia, juventud, madurez y vejez; sobre el espacio cronológico en el que se inscribe la historia del hombre, los animales y la naturaleza, etc. Pero lo que importa a la mayoría de la humanidad no es el ritmo precipitado o cansino de la cronología como medida del tiempo, sino cómo utilizamos ese espacio que se nos concede por el hecho de ser y de estar en la sociedad: es “nuestro” tiempo, el que utilizamos para desarrollarnos como seres racionales, no solo como existentes.

Y es también en ese espacio donde me sitúo reflexivamente, supuestas las preguntas fundamentales del de dónde venimos y adónde vamos. Y en medio de los dos interrogantes, queda la pregunta fundamental: qué estamos haciendo en este mundo, cómo aprovechamos el tiempo histórico que nos toca vivir, cómo construimos la historia. Si llenamos ese espacio con acciones creativas y benéficas para la humanidad, vale la pena el vivir; de lo contrario, hemos fracasado parcial o totalmente como seres racionales.

En coherencia con la pregunta, se presenta otra más comprometedora: ¿Qué tenemos que hacer para realizarnos como personas? Aportar un granito de arena al inmenso océano del tiempo cronológico y a la historia de la humanidad. Sugiero algunas tareas como ejemplo.

Primero. El ideal sería poder elegir el trabajo que se acomode mejor a nuestras facultades mentales y a nuestras necesidades existenciales. Desgraciadamente, no siempre podemos elegirlo, sino que nos viene impuesto por muchas circunstancias, pero se trata de definir el ideal de los humanos. Segundo, trabajar con ilusión poniendo el alma en cada una de las obras que realizamos de manera que no sean un peso, sino un motivo de felicidad contagiosa. El tiempo, en ese supuesto, se pasa volando y, cuando se trabaja a disgusto, pesa. Tercero. Seguramente que, para ese trabajo, siempre tendremos tiempo renunciando a cosas y actividades más apetecibles y hasta los “momentos de ocio”, que deberían ser un tiempo intermedio entre dos quehaceres elegidos o impuestos, no como proyecto ideal de la existencia. La pereza y la vagancia siguen siendo “vicios capitales”.

Las reflexiones se acumulan, pero sirva lo escrito como meras sugerencias para comenzar con ánimo alegre y confiado este Año Nuevo con número redondo: 2020. Y, poniéndonos a filosofar sobre el tiempo, podíamos recordar algunos dichos y experiencias. Por ejemplo, ¿no es verdad que el tiempo vuela cuando estamos gozando y es plomizo cuando sufrimos? ¿Quién no desespera mientras espera una noticia triste o está presionado por una urgencia? ¡Qué larga se nos hace una noche en un hospital después de una operación quirúrgica o mientras velamos a un ser querido ya difunto o en un prolongado insomnio! Y ¡qué corto nos parece el tiempo cuando lo empleamos en un trabajo que nos obsesiona y con el que gozamos haciéndolo! Esto significa que la “duración” del tiempo es una experiencia subjetiva y relativa, dependiendo del ánimo interno del que lo vive. En conclusión: hagamos hoy lo que podemos y debemos hacer rechazando lo que alguien, entre bromas y veras dice: “No hagas hoy lo que puedas hacer mañana”. Es el ideal de los vagos, de los que parece que han nacido “cansados”. ¡FELIZ AÑO NUEVO 2020!

Daniel de Pablo Maroto
Carmelita Descalzo
“La Santa” - Ávila

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