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28-03-2021
Un 28 de març va néixer a Àvila
Teresa de Cepeda y de Ahumada

En el día del nacimiento de santa Teresa en 1515, y aunque son noticias muy conocidas por los lectores de su vida y obras, recuerdo agradecido a sus padres, Don Alonso Sánchez de Cepeda y Doña Beatriz de Ahumada. La hija los dibujó en breves y elogiosos trazos, pero el lector inteligente lee entre líneas un más allá de las diferencias de edad, de carácter y de gustos y aficiones que presenta la hija y que serían motivos de fricciones familiares. Lo cierto es que eran un ejemplo de virtudes humanas y cristianas. Él, un hombre sensible a las necesidades del prójimo y al dolor ajeno, era “de gran verdad”. Y ella, “de harta hermosura”, “muy apacible y de harto entendimiento”, que distraía sus penas en la lectura de los libros de Caballerías (Cf. todo el relato en Vida, 1, 2-3). Quizá reparamos menos en el hecho de que cuando se casaron en 1509 el padre doblaba la edad de su esposa, él tenía 29 años y ella cumplidos los 14.

            Mi atención en este 28 de marzo se centra en el nacimiento de la niña Teresa en la casa de sus padres en la ciudad de Ávila, verdad pacíficamente sostenida durante siglos y algo controvertida a mediados del siglo XX por pocos autores a favor de Gotarrendura, un pueblo cercano a Ávila. Como prueba exclusiva, aunque hay otras, aporto la crónica del convento de “La Santa” escrita por un carmelita descalzo el año 1667 donde narra la historia del convento construido sobre el solar de las casas de sus padres, el lugar donde nació Teresa. Así lo creyeron como verdad incuestionable todos los que participaron de alguna manera en la elección del lugar y la razón de edificar la iglesia y el convento sobre aquellas ruinas.

            Recordemos que las casas de La Moneda las compró Don Alonso en 1505 y allí vivió con su primera esposa y sus dos hijos y, desde 1509, con la segunda y sus nueve hijos. A su muerte en 1543, estaban ya en un estado ruinoso (Cf. Daniel de Pablo Maroto, Mi Teresa. Mujer. Fundadora y Santa, Burgos – FONTE – EDE, 2019, pp. 93 y 102). Suponemos que la casa la seguirían habitando los tres hermanos, presentes a la muerte de su padre, Pedro, Antonio y Agustín hasta que la fueron abandonando camino de Las Indias, los años 1544-1546. La hermana pequeña, Juana, vivió con Teresa en el convento hasta que se casó en 1553.

            Es seguro que Doña Teresa, monja de La Encarnación, ausente del convento los años 1555-1558, no se hospedó en esas casas, sino en la de su amiga Doña Guiomar de Ulloa. Tampoco su hermano Lorenzo, vuelto a Ávila desde Las Indias en 1575, se preocupó de adquirirlas, sino que compró otra en el mismo barrio. Lo cierto es que “sus herederos” -según la crónica- las vendieron a la familia de los Bracamonte, como consta por escrituras, según el cronista conservadas en “este convento de Ávila”, de momento desaparecidas.

            Los carmelitas descalzos no se preocuparon de aquellas casas no obstante que su primera fundación en la ciudad fue la de San Segundo en 1600, a la que siguieron otras dos hasta instalarse en el actual emplazamiento a partir de 1630. El año 1621 las compraron los carmelitas por mediación de las monjas de San José, al saber que la ciudad las quiso comprar para “teatro de comedias y alojamiento de soldados”. De modo admirable, el enorme complejo que hoy vemos de iglesia y convento pudo inaugurarse -según nuestro cronista- el día 15 de octubre de 1636. Es cierto que las obras prosiguieron todavía algunos años.

            Aprovecho los datos históricos para probar que el interés de la orden por este lugar fue porque sabían que en aquella casa había nacido la niña Teresa. Lo mismo creyó el obispo, recién llegado a Ávila, Don Francisco Márquez de Gaceta, quien, visitando aquel viejo caserón (1629), se emocionó al saber que allí había vivido Teresa de Jesús, ya canonizada (1622), prueba de que todavía se conversaban las habitaciones de la familia. Dio una buena limosna, pidió a los curas de la diócesis que pidiesen la colaboración de sus feligreses para hacer una iglesia en honor de santa Teresa en el lugar de su nacimiento.

            Una prueba decisiva que aduce el cronista es el testimonio de la madre Beatriz de Jesús, carmelita descalza, sobrina de la madre Teresa, hija de su hermana Juana, quien vino desde Madrid a Ávila “señalando el aposento donde había nacido la Santa con todas las circunstancias individuales de él, como quien tan bien lo sabía por haber vivido en la misma casa”.

            El mismo cronista recuerda también el testimonio de “una criada que había sido de los padres de nuestra santa Madre, la cual añadió que una alcoba donde al presente está el altar y retablo de la capilla, fue el lugar donde nació la Santa, cosa de grandísimo consuelo, pues lo que fue alcoba de su nacimiento, sirve hoy de altar consagrado a la Reina de los ángeles y de relicario donde se guarda de día y de noche el Santísimo Sacramento”. Y añade que se trata de la actual capilla de la Virgen del Carmen. “Está -como dijimos- en la misma alcoba donde nació la Santa […] con una imagen de talla del famoso Gregorio Hernández, célebre escultor”. Existen más pruebas para demostrar el lugar del nacimiento de Teresa. Pero son suficientes.

            Termino con una consideración por coincidir este año la fecha del nacimiento con la celebración del Domingo de Ramos: cómo vivió la madre Teresa la entrada de Jesús en Jerusalén y lo que le sugería la fiesta. En una Cuenta de conciencia narra cómo un Domingo de Ramos se sintió, en el momento de comulgar, inundada por la sangre de Cristo, una experiencia difícil de comprender por los lectores modernos. Considero más valioso el “hospedaje” que ofrecía al Señor en un momento en que los judíos cometieron la “crueldad” de “dejarle ir a comer tan lejos” (¡!), y eso “después de tan gran recibimiento” que le hicieron horas antes (nº 12 de edición de EDE. Salamanca, 8 de abril de 1571).

            Y concluyo recordando un comentario al Cantar de los Cantares en el que aprovecha para prevenir a sus monjas lectoras, pero la lección es universal, que no se fíen de las “honras” o alabanzas de las gentes creyendo que lo dicen de verdad, pero son engañosas. Y pone el ejemplo del trato que le dieron a Cristo sus conciudadanos: “Acordaos cual paró el mundo a Cristo Nuestro Señor y qué ensalzado le había tenido el día de Ramos” (2, 12). La historia, aunque la Santa no concluye, es sabida: ese mismo pueblo que lo aclamaba como “Hijo de David” y lo recibió con júbilo, el viernes estaba pidiendo su muerte gritando: “Crucifícalo”.

            (Cf. Libro de la Fundación. 1568-1658. Archivo conventual, armario 1, B – 3. cap. 2, 3r y 5v; cap. 3, 6r-v y 7r; cap. 4, 7v, 8r-v, y 10v). 

Daniel de Pablo Maroto
Carmelita Descalzo.
“La Santa”. Ávila

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