Evangelio dominical

EVANGELIO DOMINICAL

"Les expli­có lo que se refería a él en toda la Escritura"
29-04-2017
"Les expli­có lo que se refería a él en toda la Escritura"

La experiencia de la iglesia tiene mucho que ver con el relato del Evangelio de hoy: se trata de caminar, esto es, de vivir, y en ese camino que es la vida, sentirnos encontrados por este Hombre, Jesús, que nos desvela el sentido de lo que estamos viviendo. Todo ha cambiado aunque parezca que todo sigue igual. No lo parece a veces, pero ya no estamos solos. Hay Alguien que nos acompaña y más, que nos busca, que se hace el encontradizo con cada uno, y cuando ya estamos suficientemente preparados o dispuestos, se desvela y se manifiesta como Quien Es: El que está Vivo, el Resucitado. No se trata de una fantasía, ni de un cuento o una historia que pasa de boca en boca, una especie de “leyenda urbana”, porque Jesús está realmente vivo y actúa según su propia iniciativa encontrándose personalmente con cada uno de los llamados a la fe, con cada una de las personas de este mundo. En realidad, una vez que la revelación del verdadero rostro de Dios ha llegado a su plenitud, vuelve a comenzar todo y los nuevos testigos, los hombres y mujeres que han tenido la experiencia de encuentro con Jesús que vive, se han de aplicar a convencer a sus semejantes, casi uno a uno, de que lo que ha pasado, de que la historia de este hombre único afecta, en realidad, a cada persona.

Los predicadores del Evangelio no hablan de la venganza de Dios por lo sucedido a su Hijo, sino de todo lo contrario: el perdón, la reconciliación, la posibilidad real y auténtica y siempre disponible de experimentar y vivir la salvación obrada por la vida, muerte y resurrección de este hombre, que ahora es la verdad de Dios y la verdad de la humanidad. Siempre podemos convencernos, convertirnos, encontrarnos con Él. Los medios están en la Iglesia y en el mundo: la Palabra, que es como las huellas, los signos que nos llevan a verle y poder acogerle, y, sobre todo, la Eucaristía, donde permanece y se renueva cada día, si queremos, este gran misterio de la Pascua, el encuentro y el paso por la muerte para tener la Vida de verdad. Jesús entero está ahí, dialogando con nosotros, entregándose, perdonando, dando ánimo y vida, al partir el pan.

» Primera Lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 2, 14. 22-33
El día de Pentecostés, Pedro, de pie con los Once, pidió atención y les dirigió la palabra:
–«Judíos y vecinos todos de Jerusalén, escuchad mis palabras y enteraos bien de lo que pasa. Escuchadme, israelitas: Os hablo de Je­sús Nazareno, el hombre que Dios acreditó ante vosotros realizando por su medio los milagros, signos y prodigios que conocéis. Confor­me al designio previsto y sancionado por Dios, os lo entregaron, y vosotros, por mano de paganos, lo matasteis en una cruz. Pero Dios lo resucitó, rompiendo las ataduras de la muerte; no era posible que la muerte lo retuviera bajo su dominio, pues David dice:
"Tengo siempre presente al Señor,
con él a mi derecha no vacilaré.
Por eso se me alegra el corazón,
exulta mi lengua,
y mi carne descansa esperanzada.
Porque no me entregarás a la muerte
ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción.
Me has enseñado el sendero de la vida,
me saciarás de gozo en tu presencia."
Hermanos, permitidme hablaros con franqueza: El patriarca David murió y lo enterraron, y conservamos su sepulcro hasta el día de hoy. Pero era profeta y sabía que Dios le había prometido con juramento sentar en su trono a un descendiente suyo; cuando dijo que “no lo entregaría a la muerte y que su carne no conocería la corrup­ción”, hablaba previendo la resurrección del Mesías. Pues bien, Dios resucitó a este Jesús, y todos nosotros somos testigos.
Ahora, exaltado por la diestra de Dios, ha recibido del Padre el Espíritu Santo que estaba prometido, y lo ha derramado. Esto es lo que estáis viendo y oyendo.»

» Segunda Lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro 1, 17-21
Queridos hermanos:
Si llamáis Padre al que juzga a cada uno, según sus obras, sin par­cialidad, tomad en serio vuestro proceder en esta vida.
Ya sabéis con qué os rescataron de ese proceder inútil recibido de vuestros padres: no con bienes efímeros, con oro o plata, sino a precio de la sangre de Cristo, el Cordero sin defecto ni mancha, previsto antes de la creación del mundo y manifestado al final de los tiempos por nuestro bien.
Por Cristo vosotros creéis en Dios, que lo resucitó de entre los muertos y le dio gloria, y así habéis puesto en Dios vuestra fe y vuestra esperanza.

» Evangelio

+ Lectura del santo evangelio según san Lucas 24, 13-35
Dos discípulos de Jesús iban andando aquel mismo día, el primero de la semana, a una aldea llamada Emaús, distante unas dos leguas de Jerusalén; iban comentando todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acerco y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.
Él les dijo:
_«¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?»
Ellos se detuvieron preocupados. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le replicó:
_«¿Eres tú el único forastero en Jerusalén, que no sabes lo que ha pasado allí estos días?»
Él les preguntó:
–«¿Qué?»
Ellos le contestaron:
_«Lo de Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él fuera el futuro libe­rador de Israel. Y ya ves: hace dos días que sucedió esto. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado: pues fue­ron muy de mañana al sepulcro, no encontraron su cuerpo, e incluso vinieron diciendo que habían visto una aparición de ángeles, que les habían dicho que estaba vivo. Algunos de los nuestros fueron tam­bién al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pe­ro a él no lo vieron.»
Entonces Jesús les dijo:
–«¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los pro­fetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria? »
Y, comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les expli­có lo que se refería a él en toda la Escritura.
Ya cerca de la aldea donde iban, él hizo ademán de seguir adelan­te; pero ellos le apremiaron, diciendo:
–«Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída.»
Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció.
Ellos comentaron:
–«¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?»
Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén, donde en­contraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo:
–«Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón.»
Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

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