Evangelio dominical

EVANGELIO DOMINICAL

"Vuestra recompensa será grande en el cielo"
15-02-2019
"Vuestra recompensa será grande en el cielo"

El genial narrador que es Lucas resume en el fragmento de hoy el que tuvo que ser uno de los discursos más recordados de Jesús. Las bienaventuranzas constituyen, de algún modo, el mensaje de Jesús, quizá una de las enseñanzas más claras que pronunció. Usando el lenguaje proverbial y lleno de significado de la Biblia hace en voz alta y refrendándolo con los gestos un anuncio sorprendente y esperanzador, la aplicación práctica y directa de las promesas divinas, la manifestación de quién es realmente Dios y qué nos ofrece y qué nos pide para que pueda cambiarse nuestra realidad. La primera lectura nos resumía este mensaje vital de la Escritura: será infeliz quien confíe solamente en sí mismo y todo lo espere de su fuerza, inteligencia, poder; y, al revés, quien se abre de verdad a la acción divina se asegura el fruto, la vitalidad, la felicidad que nunca se obtiene por la fuerza sino que solo se puede recibir. Pero la acción divina va más allá de lo exclusivamente personal, tiene poco que ver con la autoayuda interior, es más bien una fuerza que remueve la conciencia y con ella la realidad que la rodea con la finalidad de transformarla. Jesús aplica la Palabra en el centro mismo de este unión entre lo individual y lo colectivo, lo situacional: dichosos, felices, bienaventurados son, deben ser ya, los pobres, es decir, aquellos que asumen su realidad, sus límites y hasta su insignificancia. Y eso porque de ellos, para ellos es el reino de Dios, es decir, la realización verdadera de las promesas divinas, el proyecto fundamental del hombre único que fue y es Jesús de Nazaret. Entendemos ahora el porqué del rechazo experimentado en Nazaret, el porqué de la llamada a los primeros discípulos: la felicidad, la dicha, la salvación que Dios ofrece en Jesús solo la pueden hacer suya estos pobres, los auténticamente necesitados, los que saben que solos no son bastante, que somos así y estamos aquí para interrelacionarnos, para acoger la luz, el perdón, la ayuda divina pero también para acercarnos y unirnos, para hacer piña, para experimentar la comunión.

Solo los pobres la experimentan de verdad, solo quienes saben lo que les falta, lo que esperan, lo que necesitan tienen suficiente coraje, fuerza, paciencia para ponerse en camino y no detenerse hasta que todo eso viene a ellos. Según Jesús, aquí está también la clave para ir transformar el llanto en risa, para saciar verdaderamente el hambre, para afrontar con éxito el desprecio y la persecución por esta causa. Y al revés: quien jamás se fía sino de su riqueza, quien se esfuerza en reírse pase lo que pase y los que piensan que están saciados porque lo tienen todo y no esperan nada, están listos, se verán apartados, ni con todo el “buenismo” del mundo lograrán encontrar sentido y felicidad plenas en su vida.

» Primera Lectura

Lectura del libro de Jeremías (17,5-8):

Así dice el Señor: «Maldito quien confía en el hombre, y en la carne busca su fuerza, apartando su corazón del Señor. Será como un cardo en la estepa, no verá llegar el bien; habitará la aridez del desierto, tierra salobre e inhóspita. Bendito quien confía en el Señor y pone en el Señor su confianza. Será un árbol plantado junto al agua, que junto a la corriente echa raíces; cuando llegue el estío no lo sentirá, su hoja estará verde; en año de sequía no se inquieta, no deja de dar fruto.»

» Segunda Lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios (15,12.16-20):

Si anunciamos que Cristo resucitó de entre los muertos, ¿cómo es que dice alguno de vosotros que los muertos no resucitan? Si los muertos no resucitan, tampoco Cristo resucitó; y, si Cristo no ha resucitado, vuestra fe no tiene sentido, seguís con vuestros pecados; y los que murieron con Cristo se han perdido. Si nuestra esperanza en Cristo acaba con esta vida, somos los hombres más desgraciados. ¡Pero no! Cristo resucitó de entre los muertos: el primero de todos.

» Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Lucas (6,17.20-26):

En aquel tiempo, bajó Jesús del monte con los Doce y se paró en un llano, con un grupo grande de discípulos y de pueblo, procedente de toda Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro y de Sidón.
Él, levantando los ojos hacia sus discípulos, les dijo: «Dichosos los pobres, porque vuestro es el reino de Dios. Dichosos los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados. Dichosos los que ahora lloráis, porque reiréis. Dichosos vosotros, cuando os odien los hombres, y os excluyan, y os insulten, y proscriban vuestro nombre como infame, por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, porque vuestra recompensa será grande en el cielo. Eso es lo que hacían vuestros padres con los profetas. Pero, ¡ay de vosotros, los ricos!, porque ya tenéis vuestro consuelo. ¡Ay de vosotros, los que ahora estáis saciados!, porque tendréis hambre. ¡Ay de los que ahora reís!, porque haréis duelo y lloraréis. ¡Ay si todo el mundo habla bien de vosotros! Eso es lo que hacian vuestros padres con los falsos profetas.»

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