Evangelio dominical

EVANGELIO DOMINICAL

"¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?"
28-12-2018
"¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?"

Este domingo, inserto en la octava o gran fiesta de la Navidad, recordamos a la Sagrada Familia, que no es sino otro modo de celebrar y hacer presente la vivencia del Misterio de la Encarnación. Porque sin su familia, no podríamos decir verdaderamente que Jesús se hizo uno de nosotros en todo lo importante. Hemos celebrado que nació, como todos, siendo un bebé y precisando por tanto todo tipo de cuidados para sobrevivir y salir adelante. De otras personas, su madre y su padre, el resto de una familia amplia, como las antiguas solían ser y cuyos nombres no han trascendido, le proporcionaron las capacidades, conocimientos, claves vitales que necesitamos todos para abrirnos camino por nuestra cuenta en este mundo maravilloso. Hoy celebramos también la total singularidad de esta familia, comenzando por esa mujer única, capaz de reescribir la historia humana, que fue María. Y siguiendo por José, ese hombre que supo estar a la altura de  tal mujer y, al mismo tiempo, estar en su lugar, acompañando y aparte, sin necesidad de ser el protagonista ni de que todo gire alrededor de él. José lo hizo empezando por asumir que su hijo no es su hijo, lo cual deshace por su base el principal argumento de la masculinidad, pero al mismo tiempo le hacer salir no solo de su experiencia limitada de hombre (extraordinariamente limitada entonces) sino también le posibilita ir más allá de su modo de entender la vida y la religión y todo. Este gran esfuerzo por asumir este gran don de Dios es lo que los convierte en la Sagrada Familia, en la familia nueva, la familia del Reino de Dios.

Por eso, aunque tanto la primera como la segunda lectura nos recuerden la "tradición" tanto judía como cristiana, que ha hecho, en cada momento de la historia, de la familia la base sobre la que se construye una sociedad y el lugar donde se forman nuevas personas, lo importante es el Evangelio. Aquí se nos actualiza –la tradición para que siga siendo útil y se mantenga viva es impresdiscible actualizarla– la vivencia de la fe respecto a la vida familiar. Ya lo hemos adelantado: esta sagrada familia está fundada sobre el sí de una mujer, pero no a un hombre sino al mismo Dios, y el sí de un hombre a esta mujer más que grande que ha sabido convertirse en origen de la nueva humanidad, que presta toda su colaboración ayuda al mayor proyecto de Dios. Y, sobre todo, este Hijo que, pese a respetar de corazón a sus padres, sabe también seguir su camino, tomar sus decisiones y comprender que también su vida, como la de todos, solo tiene sentido cuando esa decisión y elección se pone al servicio de los demás, del servicio, del amor, del dar vida al mundo.

» Primera Lectura

Lectura del libro del Eclesiástico (3,2-6.12-14):

El Señor honra más al padre que a los hijos y afirma el derecho de la madre sobre ellos.
Quien honra a su padre expía sus pecados, y quien respeta a su madre es como quien acumula tesoros.
Quien honra a su padre se alegrará de sus hijos y cuando rece, será escuchado.
Quien respeta a su padre tendrá larga vida, y quien honra a su madre obedece al Señor.
Hijo, cuida de tu padre en su vejez y durante su vida no le causes tristeza.
Aunque pierda el juicio, sé indulgente con él y no lo desprecies aun estando tú en pleno vigor.
Porque la compasión hacia el padre no será olvidada y te servirá para reparar tus pecados.

» Segunda Lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses (3,12-21):

Hermanos:
Como elegidos de Dios, santos y amados, revestíos de compasión entrañable, bondad, humildad, mansedumbre, paciencia.
Sobrellevaos mutuamente y perdonaos cuando alguno tenga quejas contra otro.
El Señor os ha perdonado: haced vosotros lo mismo.
Y por encima de todo esto, el amor, que es el vínculo de la unidad perfecta.
Que la paz de Cristo reine en vuestro corazón: a ella habéis sido convocados en un solo cuerpo.
Sed también agradecidos. La Palabra de Cristo habite entre vosotros en toda su riqueza; enseñaos unos a otros con toda sabiduría; exhortaos mutuamente.
Cantad a Dios, dando gracias de corazón, con salmos, himnos y cánticos inspirados.
Y todo lo que de palabra o de obra realicéis, sea todo en nombre del Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él.
Mujeres, sed sumisas a vuestros maridos, como conviene en el Señor. Maridos, amad a vuestras mujeres, y no seáis ásperos con ellas. Hijos, obedeced a vuestros padres en todo, que eso agrada al Señor.
Padres, no exasperéis a vuestros hijos, no sea que pierdan el ánimos.

» Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Lucas (2,41-52)

Los padres de Jesús solían ir cada año a Jerusalén por la fiesta de la Pascua.
Cuando cumplió doce años, subieron a la fiesta según la costumbre y, cuando terminó, se volvieron; pero el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que lo supieran sus padres.
Estos, creyendo que estaba en la caravana, anduvieron el camino de un día y se pusieron a buscarlo entre los parientes y conocidos; al no encontrarlo, se volvieron a Jerusalén buscándolo.
Y sucedió que, a los tres días, lo encontraron en el templo, sentado en medio de los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas. Todos los que le oían quedaban asombrados de su talento y de las respuestas que daba.
Al verlo, se quedaron atónitos, y le dijo su madre:
«Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Tu padre y yo te buscábamos angustiados».
Él les contestó:
«¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?».
Pero ellos no comprendieron lo que les dijo.
Él bajó con ellos y fue a Nazaret y estaba sujeto a ellos.
Su madre conservaba todo esto en su corazón.
Y Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres.

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