Evangelio dominical

EVANGELIO DOMINICAL

«Tú eres mi Hijo, el amado; en ti me complazco»
10-01-2019
«Tú eres mi Hijo, el amado; en ti me complazco»

La Fiesta del Bautismo del Señor cierra las celebraciones navideñas y ayuda a comprender su verdadero sentido. Porque si el domingo pasado, en la Epifanía, recordábamos que el Hijo de Dios se hizo carne nuestra para acercarse a cada persona que viene a este mundo, hoy vemos claramente el significado profundo de esta cercanía. Asumiendo el bautismo practicado por Juan, el profeta, se asocia al “pequeño resto” de Israel que es quien reconoce su injusticia y su pecado al bautizarse y disponerse así a lo que está para suceder pero también se asocia a toda la humanidad, al entrar en esa agua que, simbólicamente, ha absorbido los pecados y miserias de todos los que le han precedido. Jesús, con esto, confiesa que sea como ellos, en el fondo, y que a ver qué le vamos a hacer, esto es lo que hay, etc. Lo que confiesa es, como Hijo de Dios, se ha hecho hijo del hombre para encontrarnos a cada uno donde estamos, donde estemos y desde ahí elevarnos, salvarnos, iluminarnos. Quien nos ofrece la redención no es un pecador como nosotros sino Aquel que no ha pecado ni tiene que ver con la rebeldía contra Dios pero que se pone al nivel de los infieles y rebeldes para ofrecer lo que el Señor siempre tiene para dar: compasión, misericordia, perdón, fuerza para seguir adelante.

Este texto es también como la toma de conciencia, la vocación de Jesús, ese momento de comprensión (no tanto para Él como para nosotros en la opinión del evangelista) de quien es y de lo que significa. Juan lo introduce antes de que aparezca como Aquél por quien él ha trabajado, el objetivo de su misión: el Esposo, el Amigo, quien viene realmente a mezclarse, a unirse con nuestra vida, a tomarnos en la suya, comprometiéndose real e históricamente para reunirnos no solo otra vez con Dios, restaurando el libre acceso a Él como hijos, sino también entre nosotros, para que formemos, por fin, ese pueblo de iguales, de hermanos que comparten en paz el maravilloso mundo que fue creado expresamente para ellos. Para llevar a cabo su Misión, este profeta como nunca hubo otro, Jesús, cuenta con el Espíritu de Dios para manifestar en todo momento, en su carne, en sus gestos, palabras, actitudes la presencia divina. Este Espíritu será quien posibilite una verdadera unión estable con este Dios Amor y con los demás, hermanos y hermanas.

» Primera Lectura

Lectura del libro del profeta Isaías (42,1-4.6-7):

Mirad a mi Siervo,
a quien sostengo;
mi elegido, en quien me complazco.
He puesto mi espíritu sobre él,
manifestará la justicia a las naciones.
No gritará, no clamará,
no voceará por las calles.
La caña cascada no la quebrará,
la mecha vacilante no la apagará.
Manifestará la justicia con verdad.
No vacilará ni se quebrará,
hasta implantar la justicia en el país.
En su ley esperan las islas.
«Yo, el Señor,
te he llamado en mi justicia,
te cogí de la mano, te formé
e hice de ti alianza de un pueblo
y luz de las naciones,
para que abras los ojos de los ciegos,
saques a los cautivos de la cárcel,
de la prisión a los que habitan en tinieblas».

» Segunda Lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (10,34-38):

En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo:
«Ahora comprendo con toda verdad que Dios no hace acepción de personas, sino que acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea. Envió su palabra a los hijos de Israel, anunciando la Buena Nueva de la paz que traería Jesucristo, el Señor de todos.
Vosotros conocéis lo que sucedió en toda Judea, comenzando por Galilea, después del bautismo que predicó Juan. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él».

» Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Lucas (3,15-16.21-22):

EN aquel tiempo, el pueblo estaba expectante, y todos se preguntaban en su interior sobre Juan si no sería el Mesías, Juan les respondió dirigiéndose a todos:
«Yo os bautizo con agua; pero viene el que es más fuerte que yo, a quien no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego».
Y sucedió que, cuando todo el pueblo era bautizado, también Jesús fue bautizado; y, mientras oraba, se abrieron los cielos, bajó el Espíritu Santo sobre él con apariencia corporal semejante a una paloma y vino una voz del cielo:
«Tú eres mi Hijo, el amado; en ti me complazco».

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