Evangelio dominical

EVANGELIO DOMINICAL

“Médico, cúrate a ti mismo”
01-02-2019
“Médico, cúrate a ti mismo”

Hemos escuchado hoy la continuación del fragmento que ya leímos el domingo anterior y con la que el Tercer Evangelio presenta al principal protagonista de su relato. Ya dijimos que el texto lo relataba como un nuevo comienzo, como la irrupción en nuestra vida y realidad de Aquél que ha venido a hacer realidad las promesas de Dios. Y lo anuncia del modo más claro y sencillo posible: ‘Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír’. En un primer momento, los que le escuchan, sus conciudadanos, se alegran y se asombran de escuchar estas palabras de gracia con las que da se da a conocer oficialmente Jesús pero enseguida surgen las dudas y las problemas: cómo puede este decir esto si lo conocemos desde pequeño, qué podemos esperar de uno que es como nosotros, o a lo más, un profeta como los de antes, que significaban un momento de luz y esperanza que enseguida se apagaba otra vez. Por eso, la primera lectura nos recordaba la predicación y la experiencia de Jeremías: Dios lo hace fuerte para que pueda dirigir al pueblo un mensaje que, en verdad, era terrible. Ahora se trata de un mensaje de gracia, perdón y esperanza pero es igualmente duro para ser predicado. La gente “religiosa” es la que menos ganas tiene de escuchar que, por fin, se van a hacer realidad las intenciones divinas manifestadas en la Alianza. Que Dios va a dar la vuelta a la realidad y a poner en primer plano a los pobres, postergados, despreciados, enfermos sin esperanza, a todos los olvidados por las políticas sean del color que sean, los que no son tenidos en cuenta y pasan su vida en el sufrimiento, el dolor o la desesperanza. Y Jesús, ante la notoria oposición, no se dedica a poner paños calientes, a buscar ningún tipo de sintonía o consenso en lo que es su anuncio esencial.

Sabe que están pensando que bien podría hacer allí los gestos extraordinarios que ha hecho en otros lugares y que manifiestan claramente el cambio de situación, pero Jesús se niega explícitamente y aporta razones que los sacan de quicio: esos gestos no caben ahora aquí como tampoco fueron posibles en tiempos de Elías o Eliseo, quienes, en cambio, agraciaron con ellos a paganos y no israelitas, gente poco piadosa, que ignoraban el nombre de Dios y su poder, pero fueron capaces de reconocer a quien tenían delante y la oportunidad que les ofrecía. Lo mismo nosotros cuando dudamos de Jesús porque no “obra” con nosotros como con otros y no caemos en la cuenta de que el Evangelio solo puede mostrar su fuerza con aquellos que saben que son pobres, débiles, pecadores, necesitados.

» Primera Lectura

Lectura del libro de Jeremías (1,4-5.17-19):

En los días de Josías, el Señor me dirigió la palabra:
«Antes de formarte en el vientre, te elegí; antes de que salieras del seno materno, te consagré: te constituí profeta de las naciones.
Tú cíñete los lomos:
prepárate para decirles todo lo que yo te mande.
No les tengas miedo,
o seré yo quien te intimide.
Desde ahora te convierto en plaza fuerte,
en columna de hierro y muralla de bronce,
frente a todo el país:
frente a los reyes y príncipes de Judá,
frente a los sacerdotes y al pueblo de la tierra.
Lucharán contra ti, pero no te podrán,
porque yo estoy contigo para librarte
—oráculo del Señor—».

» Segunda Lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios (12,31–13,13):

Hermanos:
Ambicionad los carismas mayores. Y aún os voy a mostrar un camino más excelente.
Si hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, pero no tengo amor, no sería más que un metal que resuena o un címbalo que aturde.
Si tuviera el don de profecía y conociera todos los secretos y todo el saber; si tuviera fe como para mover montañas, pero no tengo amor, no sería nada.
Si repartiera todos mis bienes entre los necesitados; si entregara mi cuerpo a las llamas, pero no tengo amor, de nada me serviría.
El amor es paciente, es benigno; el amor no tiene envidia, no presume, no se engríe; no es indecoroso ni egoísta; no se irrita; no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad.
Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor no pasa nunca.
Las profecías, por el contrario, se acabarán; las lenguas cesarán; el conocimiento se acabará.
Porque conocemos imperfectamente e imperfectamente profetizamos; mas, cuando venga lo perfecto, lo imperfecto se acabará.
Cuando yo era niño, hablaba como un niño, sentía como un niño, razonaba como un niño. Cuando me hice un hombre, acabé con las cosas de niño.
Ahora vemos como en un espejo, confusamente; entonces veremos cara a cara. Mi conocer es ahora limitado; entonces conoceré como he sido conocido por Dios.
En una palabra, quedan estas tres: la fe, la esperanza y el amor. La más grande es el amor.

» Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Lucas (4,21-30):

En aquel tiempo, Jesús comenzó a decir en la sinagoga:
«Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír».
Y todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de su boca.
Y decían:
«¿No es este el hijo de José?».
Pero Jesús les dijo:
«Sin duda me diréis aquel refrán: “Médico, cúrate a ti mismo”, haz también aquí, en tu pueblo, lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún».
Y añadió:
«En verdad os digo que ningún profeta es aceptado en su pueblo. Puedo aseguraros que en Israel había muchas viudas en los días de Elías, cuando estuvo cerrado el cielo tres años y seis meses y hubo una gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías sino a una viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, sin embargo, ninguno de ellos fue curado sino Naamán, el sirio».
Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo echaron fuera del pueblo y lo llevaron hasta un precipicio del monte sobre el que estaba edificado su pueblo, con intención de despeñarlo. Pero Jesús se abrió paso entre ellos y seguía su camino.

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