Evangelio dominical

EVANGELIO DOMINICAL

"Dichosos los que crean sin haber visto".
26-04-2019
"Dichosos los que crean sin haber visto".

Durante toda la semana de la octava de Pascua hemos estado escuchando y celebrando esos textos tan especiales que son los primeros encuentros de Jesús Vivo con sus discípulos. Son narraciones muy cuidadas y elaboradas que describen como Jesús, vivo de nuevo, se va manifestando, se va dejando ver, poco a poco, de los que habían sido sus seguidores, por lo menos hasta el comienzo de su pasión. De uno a uno o en pequeños grupos, comenzando por las mujeres, las primeras testigos y creyentes en la gran novedad, inesperada, que ha sucedido, Jesús se ha ido pudiendo mostrar en su nueva realidad, que es, a la vez, la misma y distinta. Es Él y así le pueden reconocer pero, al mismo tiempo, es distinto, se precisa un esfuerzo para reconocerlo. En el mismo comienzo del anuncio de la resurrección (Marcos) las primeras testigos huyen confundidas y no dicen nada. Para los otros evangelistas, en cambio, creen y se alegran sobremanera, pero no son creías por sus hermanos varones (e hijos de Adán, todos, que diría Teresa de Jesús, y más, parafraseándola: porque no hay verdad de mujer que no tengan por sospechosa). Tanto en un caso como en el otro, caemos en la cuenta de que los textos llaman al encuentro y en convencimiento personal: el testimonio de los otros nos orienta, nos indica donde están los signos para caer en la cuenta por nosotros mismos de que Jesús vive (la fe, la alegría, el amor que nos hizo seguirle en su vida terrena), pero este hecho, el creer y saber que Jesús está ahí, en la realidad, pero también en nuestra vida, es una decisión y una experiencia de cada uno. No obstante esto, todos los textos confluyen hacia las narraciones de encuentro con la comunidad, como la del Evangelio de hoy.

Esos encuentros personales con el Resucitado se pueden y deben compartir y sólo así se comprenden verdaderamente. Queda claro que Jesús está en medio de los suyos y que vive, y así no importan ni las puertas cerradas ni el miedo que sienten ante las consecuencias de continuar con la misión y con su testimonio. Su cuerpo, ahora glorificado, es decir, espiritual o divinizado por completo, lleva, no obstante, las marcas de la pasión, de su entrega por todos, lo que confirma que está aquí para seguir sosteniendo e impulsando la misión. Desde aquí, les entrega el Espíritu, que es la misma fuerza vital de Dios, para reconciliarlos interiormente y entre ellos. Con todo, como muestra el relato de Tomás, siguen siendo posibles –y necesarios– los encuentros personales. Cualquier discípulo más incrédulo puede encontrar al Resucitado a través de “tocar” sus heridas, todos los que sufren en este mundo, no huyendo de nuestro propio dolor, desamor y sufrimiento.

» Primera Lectura

Lectura de los Hechos de los Apóstoles 5, 12-16
Los Apóstoles hacían muchos signos y prodigios en medio del pueblo.
Los fieles se reunían de común acuerdo en el pórtico de Salomón; los demás no se atrevían a juntárseles, aunque la gente se hacía lenguas de ellos; más aún, crecía el número de los creyentes, hombres y mujeres, que se adherían al Señor.
La gente sacaba los enfermos a la calle, y los ponía en catres y camillas, para que al pasar Pedro, su sombra por lo menos cayera sobre alguno.
Mucha gente de los alrededores acudía a Jerusalén llevando enfermos y poseídos de espíritu inmundo, y todos se curaban.

» Segunda Lectura

Lectura del libro del Apocalipsis 1, 9-11a. 12-13. 17-19
Yo, Juan, vuestro hermano y compañero en la tribulación,
en el reino y en la esperanza en Jesús,
estaba desterrado en la isla de Patmos,
por haber predicado la palabra de Dios
y haber dado testimonio de Jesús.
Un domingo caí en éxtasis
y oí a mis espaldas una voz potente, como una trompeta,
que decía:
Lo que veas escríbelo en un libro,
y envíaselo a las siete iglesias de Asia.
Me volví a ver quién me hablaba,
y al volverme, vi siete lámparas de oro,
y en medio de ellas una figura humana,
vestida de larga túnica
con un cinturón de oro a la altura del pecho.
Al verla, caí a sus pies como muerto.
El puso la mano derecha sobre mí y dijo:
–No temas: Yo soy el primero y el último,
yo soy el que vive.
Estaba muerto, y ya ves, vivo por los siglos de los siglos;
y tengo las llaves de la Muerte y del Infierno.
Escribe, pues, lo que veas:
lo que está sucediendo
y lo que ha de suceder más tarde.

» Evangelio

+ Lectura del santo Evangelio según San Juan 20, 19-31
Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa con las puertas cerradas, por miedo a los judíos.
Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
–Paz a vosotros.
Y diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:
–Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.
Y dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:
–Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los retengáis les quedan retenidos.
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían:
–Hemos visto al Señor.
Pero él les contestó:
–Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.
A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo:
–Paz a vosotros.
Luego dijo a Tomás:
–Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.
Contestó Tomás:
–¡Señor mío y Dios mío!
Jesús le dijo:
–¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.
Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su Nombre.

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