Evangelio dominical

EVANGELIO DOMINICAL

"Tú, sįgueme"
03-05-2019
"Tú, sįgueme"

Hemos escuchado hoy y celebramos otro de los hermosos relatos de encuentro entre Jesús Resucitado y los suyos. Se trata de la irrupción de lo divino en lo humano, de modo claro y definitivo, aunque, como siempre, moderado y mediado por capacidad de las personas para caer en la cuenta y decidirnos a acoger y dejarnos llevar por esta inmensa fuerza que nos quiere renovar pero nunca anular ni convertir en meros robots. Creer en Jesús Vivo no significa que nos laven o autolavarnos el cerebro, renunciando a la crítica y la razón para asumir otro modo de pensar o vivir. El mensaje de Jesús y sobre Jesús (primera lectura) ha de ser expuesto y defendido desde los argumentos, la razón y la vida, jamás se puede imponer, a riesgo de perder su sentido y su vitalidad. Los apóstoles intentan razonar con el Sanedrín, el tribunal que condenó a Jesús, argumentando de un modo peligroso: ‘tenemos que obedecer a Dios antes que a vosotros, sus representantes, hasta ahora, por lo menos’.

Porque, cómo se puede fundamentar esto, que es el argumento de todos los innovadores carismáticos pero también de todas las sectas y modos errados de interpretar la voluntad de Dios. La diferencia está en que estos hombres están dispuestos a demostrarlo con su vida y entrega, no con violencia, soberbia o desprecio, siguiendo por entero la línea marcada por el Maestro, que llegó hasta el extremo de entregar su vida. Como Él, están ciertos que la recuperarán. La iglesia –y las religiones que valen la pena– solo se reforman de verdad con crucificados, con personas que están dispuestas a sostener su “novedad” con su propia vida, sin atacar la de otros. Y quien impulsa estos gestos y este entrega está aquí, entre nosotros, para mostrar que vale la pena, que quien da la vida, la recupera. Así se muestra en el relato del Evangelio: el Resucitado es el mismo Jesús que llamó a estos hombres que han vuelto a su vida ordinaria de trabajo y convivencia y ahora vuelve a ellos, a recuperarlos. Porque aunque todos le dejaran y abandonaran, lo convivido y experimentado ha dejado una marca imborrable en todos ellos. Jesús, Vivo, reaviva esta memoria en llama otra vez, que nos impulsa a responder a este amor inmenso y entregarnos nosotros también. Jesús se presenta entre nosotros con la amistad, el perdón, la paz, volviendo a mostrar que nuestra vida, lo que somos y hacemos, tiene pleno sentido cuando recordamos y asumimos su proyecto, anunciando que la entrega a los demás, el amor, el desvivirse por lo demás, buenos y malos, amigos y enemigos es vida, futuro, eternidad.

» Primera Lectura

Lectura de los Hechos de los Apóstoles 5, 27b-32. 4ob-41

En aquellos días, el sumo sacerdote interrogó a los Apóstoles y les dijo: –¿No os habíamos prohibido formalmente enseñar en nombre de ése? En cambio, habéis llenado Jerusalén con vuestra enseñanza y queréis hacernos responsables de la sangre de ese hombre. Pedro y los Apóstoles replicaron: –Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. «El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús a quien vosotros matasteis colgándolo de un madero.» «La diestra de Dios lo exaltó haciéndolo jefe y salvador, para otorgarle a Israel la conversión con el perdón de los pecados.» Testigo de esto somos nosotros y el Espíritu Santo, que Dios da a los que le obedecen. Azotaron a los Apóstoles, les prohibieron hablar en nombre de Jesús y los soltaron. Los Apóstoles salieron del Consejo, contentos de haber merecido aquel ultraje por el nombre de Jesús.

» Segunda Lectura

Lectura del libro del Apocalipsis 5, 11-14

Yo, Juan, miré y escuché la voz de muchos ángeles: eran millares y millones alrededor del trono y de los vivientes y de los ancianos, y decían con voz potente: «Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza.» Y oí a todas las creaturas que hay en el cielo, en la tierra, bajo la tierra, en el mar, –todo lo que hay en ellos– que decían: «Al que se sienta en el trono y al Cordero la alabanza, el honor, la gloria y el poder por los siglos de los siglos.» Y los cuatro vivientes respondían: Amén. Y los ancianos cayeron rostro en tierra, y se postraron ante el que vive por los siglos de los siglos.

» Evangelio

+ Lectura del santo Evangelio según San Juan 21, 1-19

En aquel tiempo, Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Y se apareció de esta manera: Estaban juntos Simón Pedro, Tomás apodado el Mellizo, Natanael el de Caná de Galilea, los Zebedeos y otros dos discípulos suyos. Simón Pedro les dice: –Me voy a pescar. Ellos contestaban: –Vamos también nosotros contigo. Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada. Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús. Jesús les dice: –Muchachos, ¿tenéis pescado? Ellos contestaron: –No. El les dice: –Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis. La echaron, y no tenían fuerzas para sacarla, por la multitud de peces. Y aquel discípulo que Jesús tanto quería le dice a Pedro: –Es el Señor. Al oir que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua. Los demás discípulos se acercaron en la barca, porque no distaban de tierra más que unos cien metros, remolcando la red con los peces. Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan. Jesús les dice: –Traed de los peces que acabáis de coger. Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, no se rompió la red. Jesús les dice: –Vamos, almorzad. Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor. Jesús se acerca, toma el pan y se lo da; y lo mismo el pescado. Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos, después de resucitar de entre los muertos. Después de comer dice Jesús a Simón Pedro: –Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos? El le contestó: –Sí, Señor, tú sabes que te quiero. Jesús le dice: –Apacienta mis corderos. Por segunda vez le pregunta: –Simón, hijo de Juan, ¿me amas? El le contesta: –Sí, Señor, tú sabes que te quiero. El le dice: –Pastorea mis ovejas. Por tercera vez le pregunta: –Simón, hijo de Juan, ¿me quieres? Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez si lo quería y le contestó: –Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero. Jesús le dice: –Apacienta mis ovejas. Te lo aseguro: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras. Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios. Dicho esto, añadió: –Sígueme.

LECTURAS DEL DOMINGO

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