Evangelio dominical

EVANGELIO DOMINICAL

"Entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso"
27-09-2019
"Entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso"

El evangelista Lucas encontró un filón y una adecuada pedagogía en transmitir la enseñanza de Jesús mediante parábolas. No hay duda que él las usó y que fue un maestro también en esta técnica narrativa primero y literaria después donde la Palabra de Dios  y la realidad pueden enfrentarse, mutuamente interpretarse, desvelando aspectos desconocidos de una y de otra. Una parábola es lo más parecido en el mundo antiguo a una pantalla donde nos podemos examinar a nosotros mismos y nuestra vida bajo otras luces pero sin la desventaja que tiene la crítica o el juicio directo que podamos o nos puedan hacer que tiene como consecuencia el bloqueo y, por tanto, que no cambiemos nada en la vida que vivimos y en cómo la afrontamos. De nuevo la primera lectura, otro texto profético, nos proporcionaba el contexto: tampoco la parábola habla en esta ocasión de lo que parece (pobres y ricos) sino de modos de encarar la vida y de contemplarnos y relacionarnos unos con otros. En este mundo, que está visto e interpretado por ojos humanos, Dios introdujo la Ley, la Alianza para hacernos caer en la cuenta de la complejidad de la realidad y de las relaciones entre personas que constituyen la auténtica base de este mundo humano.

La Ley establece límites, revela origen y motivaciones, señala metas de unión y fraternidad, intenta ablandar y abrir el corazón humano más allá de la ley del más fuerte, más rico o más rápido. Cuando esto no se respeta y cada uno campa por sus respetos, creyéndose solo y en la cúspide de la cadena social, suele suceder algo que nos recuerda que somos todos iguales en debilidad y falta de seguridad. Las castas rígidas e inamovibles en su riqueza o superioridad de dones naturales no puede subsistir sin el concurso de todos los demás. Suelen ser quienes encabezan la desgracia, el destierro, como la parte más valiosa de un botín. Lo que somos y hemos recibido, nos recordaba la parábola evangélica no es razón para despreciar ni apartar a nadie sino todo lo contrario: son elementos para tender lazos y puentes que superen los numerosos abismos que la naturaleza y los conflictos crean entre nosotros. Solo reconociéndonos como personas, independientemente de nuestra condición y circunstancias, podemos comenzar o recomenzar un camino que no lleva a la futilidad, el desperdicio y la negación, sino al amor y la vida verdaderos.

» Primera Lectura

Lectura de la profecía de Amós (Am 6, 1a. 4-7)

Esto dice el Señor omnipotente: «¡Ay de aquellos que se sienten seguros en Sion, confiados en la montaña de Samaría! Se acuestan en lechos de marfil, se arrellanan en sus divanes, comen corderos del rebaño y terneros del establo; tartamudean como insensatos e inventan como David instrumentos musicales; beben el vino en elegantes copas, se ungen con el mejor de los aceites pero no se conmueven para nada por la ruina de la casa de José. Por eso irán al destierro, a la cabeza de los deportados, y se acabará la orgía de los disolutos».

» Segunda Lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a Timoteo. (1Tm 6, 11-16)

Hombre de Dios, busca la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la mansedumbre.
Combate el buen combate de la fe, conquista la vida eterna, a la que fuiste llamado y que tú profesaste noblemente delante de muchos testigos.
Delante de Dios, que da vida a todas las cosas, y de Cristo Jesús, que proclamó tan noble profesión de fe ante Poncio Pilato, te ordeno que guardes el mandamiento sin mancha ni reproche hasta la manifestación de nuestro Señor Jesucristo, que, en el tiempo apropiado, mostrará el bienaventurado y único Soberano, Rey de los reyes y Señor de los señores, el único que posee la inmortalidad, que habita una luz inaccesible, a quien ningún hombre ha visto ni puede ver.
A él honor y poder eterno. Amén.

» Evangelio

† Lectura del santo Evangelio según san Lucas. (Lc 16, 19-31)

En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos: «Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba cada día.
Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que caía de la mesa del rico.
Y hasta los perros venían y le lamían las llagas.
Sucedió que murió el mendigo, y fue llevado por los ángeles al seno de Abrahán.
Murió también el rico y fue enterrado. Y, estando en el infierno, en medio de los tormentos, levantó los ojos y vio de lejos a Abrahán, y a Lázaro en su seno, y gritando, dijo: "Padre Abrahán, ten piedad de mí y manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas".
Pero Abrahán le dijo: «Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso ahora él es aquí consolado, mientras que tú eres atormentado.
Y, además, entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso, para que los que quieran cruzar desde aquí hacia vosotros no puedan hacerlo, ni tampoco pasar de ahí hasta nosotros".
Él dijo: "Te ruego, entonces, padre, que le mandes a casa de mi padre, pues tengo cinco hermanos: que les dé testimonio de estas cosas, no sea que también ellos vengan a este lugar de tormento".
Abrahán le dice: "Tienen a Moisés y a los profetas: que los escuchen".
Pero él le dijo: "No, padre Abrahán. Pero si un muerto va a ellos, se arrepentirán".
Abrahán le dijo: «Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no se convencerán ni aunque resucite un muerto"».

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