Evangelio dominical

EVANGELIO DOMINICAL

"Os digo que éste bajó a su casa justificado y aquél no"
25-10-2019
"Os digo que éste bajó a su casa justificado y aquél no"

De nuevo otra enseñanza sobre la oración y otra parábola que nos ayuda a vernos a nosotros mismos en relación con Dios pues de eso se trata en la necesidad y realidad de la fe hecha vida, que es lo que es en realidad la oración. Es preciso orar, sostener la oración, se nos decía el domingo anterior. Y hoy oímos que es en la oración insistente donde no solo conocemos el verdadero rostro de Dios sino quienes somos cada uno y cómo estamos viviendo nuestra relación con Él. Además, orar puede hacerlo cualquiera, independientemente de su situación, aún sin ser cristiano formal o vivencialmente. Pero la oración nos encara con la verdad, con el rostro auténtico de Dios que es “justo, no puede ser parcial, escucha las súplicas del oprimido”, como decía la primera lectura; que escucha siempre los gritos del pobre, los únicos capaces de atravesar las nubes. Esta afirmación en ningún modo significa que el Señor no escucha a todos ni en toda circunstancia sino que, aunque no lo parezca, escucha particularmente las quejas de la injusticia. Porque esa injusticia puede anidar fácilmente, y de hecho anida, dentro de cada uno, por eso la encontramos también fuera. Solo la luz de la oración y la vivencia de la fe cristiana, principalmente en el servicio de unos por otros, lo manifiesta y combate.

La parábola que cuenta Jesús se sitúa en cualquier situación religiosa, para advertir que tampoco aquí las cosas son los que parecen. Orar puede y debe hacerlo cualquiera pero hacer experiencia de la “justificación”, como dice el Evangelio, solo lo hace quien realmente se abre a la verdad de la misericordia divina. Para caminar a la luz de Dios, “andar en verdad”, que decía Sta. Teresa, que es la “verdadera humildad”, nos tenemos que dejar tocar la mirada de Aquél que más nos quiere. De hecho, solo quien nos ama nos dirá la verdad que aparece, sobre nosotros, en la relación personal. Solo quien no nos quiere utilizar nos hará caer en la cuenta de cómo realmente nos tratamos y tratamos a los demás en la vida. En la fe, nuestra verdadera realidad solo se contempla en el espejo que es la misericordia divina, quien nos ama y perdona y apoya pero desde nuestra verdad, no desde una imagen falsa o idealizada o despreciada de cada uno. “Humillarse” no tiene nada que ver con despreciarse –de hecho, el desprecio como el maltrato, no cabe en ninguna relación ni humana ni divina– sino con conocer quienes somos, como Dios nos ama y nos sitúa en nuestro lugar, único, pero en relación con todos los demás, que son hermanos y hermanas.

» Primera Lectura

Lectura del libro del Eclesiástico 35, 15b-17. 20-22a

El Señor es un Dios justo
que no puede ser parcial;
no es parcial contra el pobre,
escucha las súplicas del oprimido;
no desoye los gritos del huérfano
o de la viuda cuando repite su queja;
sus penas consiguen su favor
y su grito alcanza las nubes;
los gritos del pobre atraviesan las nubes
y hasta alcanzar a Dios no descansa;
no ceja hasta que Dios le atiende,
y el juez justo le hace justicia.

» Segunda Lectura

Lectura de la segunda carta del Apóstol San Pablo a Timoteo 4, 6-8. 16-18

Querido hermano:
Yo estoy a punto de ser sacrificado
y el momento de mi partida es inminente.
He combatido bien mi combate,
he corrido hasta la meta,
he mantenido la fe.
Ahora me aguarda la corona merecida,
con la que el Señor, juez justo,
me premiará en aquel día;
y no sólo a mí,
sino a todos los que tienen amor a su venida.
La primera vez que me defendí ante el tribunal,
todos me abandonaron y nadie me asistió.
–Que Dios los perdone–.
Pero el Señor me ayudó y me dio fuerzas
para anunciar íntegro el mensaje,
de modo que lo oyeran todos los gentiles.
El me libró de la boca del león.
El Señor seguirá librándome de todo mal,
me salvará y me llevará a su reino del cielo.
¡A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén!

» Evangelio

+ Lectura del santo Evangelio según San Lucas 18, 9-14

En aquel tiempo, dijo Jesús esta parábola por algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos, y despreciaban a los demás:
–Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era un fariseo; el otro, un publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: ¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo.
El publicano, en cambio, se quedó atrás y no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo; sólo se golpeaba el pecho, diciendo: ¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador.
Os digo que éste bajó a su casa justificado y aquél no. Porque todo el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido.

LECTURAS DEL DOMINGO

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