Evangelio dominical

EVANGELIO DOMINICAL

"El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios lo acompañaba"
31-01-2020
"El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios lo acompañaba"

Celebramos hoy la fiesta de la Presentación del Señor, que al ser una celebración de Cristo, se superpone el domingo, día del Señor, por excelencia. Se recuerda hoy o, mejor, se celebra el encuentro entre Dios y su pueblo que relata el Evangelio de Lucas. Jesús, Hijo de Dios hecho hombre por nosotros, entra, de modo indiscutible aunque humilde en el Lugar, por excelencia, que significaba el cumplimiento de las promesas de la Alianza. Porque esto significaba el Templo: que Dios había hecho realidad su promesa, que había hecho salir de Egipto a un pueblo de esclavos sin esperanza y los había traído, a través de un desierto inmenso lleno de peligros en los que cada miembro del pueblo fue protegido y salvado, hasta la Tierra que era para ellos, pero al mismo tiempo, se la tuvieron que ganar con esfuerzo, sufrimiento y sangre. En todo el proceso lo esencial no era el don que se regalaba gratuitamente, sino Quien lo hacía. El verdadero regalo era la misma Presencia, compañía y -tambén- amistad divina. Y la prueba viva, impresionante, octava maravilla del mundo era el Templo, Lugar de la Sagrada Presencia. Allí acudiía Israel para orar y, sobre todo, reencontrarse con esta Presencia que los hacía únicos, que los hacía hombres.

El Evangelio narraba cómo el niño Jesús entró por primera vez en ese Templo, de modo escondido, humilde, pero claro, anunciado y proclamado por los profetas que se encontraron más a mano (hay un guiño en este gesto ya que los profetas del Templo solían ser asalariados poco dispuestos a discutir la doctrina tradicional y aquí señalan nada más y nada menos que una nueva Presencia). Dios viene en medio de los suyos en la realidad de este niño, ahora sí que se cumplen verdaderamente las promesas, pero, al mismo tiempo, se sustituye el Templo, el aparato religioso, la estructura entera por la relación personal con este Niño que el principio del fin de la historia pues significa la verdadera unión o re-unión del hombre con su Dios. Está bien que celebremos la importancia de este encuentro, que en la misma historia bíblica se ha visto amenazado a menudo. Ya en el mismo Éxodo (c. 32) el pueblo, abandonado por Moisés para recibir de Dios las tablas de la Ley, quiere "visibilizar" a Dios y lo cambia por un "becerro de oro". Los profetas alertaban continuamente de este intento de confusión del Dios de Israel por los dioses que había en la tierra, dioses nacionales a menudo más simples, lógicos y "racionales" que el Dios verdadero, un cambio del que a menudo el pueblo ni se había dado cuenta, como nos recuerda la historia de Elías (cfr. 1Re 18). Y es esencial la relación personal con el Dios verdadero para poder cumplir los mandamientos y vivir la Alianza. Por esto, también, celebramos hoy el Día de la Vida consagrada. Se nos recuerda que los religiosos no son -no deben ser- como los sacerdotes, a quienes según el ejemplo citado de Aarón, muchas veces les da un poco igual el dios a quien sirven. Los religiosos y religiosas se consagran únicamente al Dios vivo, a este Cristo que entra en el Templo también para habitar, cambiar, sustituir no a Dios, sino el Lugar mismo. Y Jesús es realmente Dios porque se entrega, se da, ofrece todo lo que es y tiene para hacernos, de verdad, su familia, su pueblo.

» Primera Lectura

Lectura del libro de Malaquías (3,1-4)

Así dice el Señor: «Mirad, yo envío a mi mensajero, para que prepare el camino ante mí. De pronto entrará en el santuario el Señor a quien vosotros buscáis, el mensajero de la alianza que vosotros deseáis. Miradlo entrar –dice el Señor de los ejércitos–. ¿Quién podrá resistir el día de su venida?, ¿quién quedará en pie cuando aparezca? Será un fuego de fundidor, una lejía de lavandero: se sentará como un fundidor que refina la plata, como a plata y a oro refinará a los hijos de Leví, y presentarán al Señor la ofrenda como es debido. Entonces agradará al Señor la ofrenda de Judá y de Jerusalén, como en los días pasados, como en los años antiguos.»

» Segunda Lectura

Lectura de la carta a los Hebreos (2,14-18)

Los hijos de una familia son todos de la misma carne y sangre, y de nuestra carne y sangre participó también Jesús; así, muriendo, aniquiló al que tenía el poder de la muerte, es decir, al diablo, y liberó a todos los que por miedo a la muerte pasaban la vida entera como esclavos. Notad que tiende una mano a los hijos de Abrahán, no a los ángeles. Por eso tenía que parecerse en todo a sus hermanos, para ser sumo sacerdote compasivo y fiel en lo que a Dios se refiere, y expiar así los pecados del pueblo. Como él ha pasado por la prueba del dolor, puede auxiliar a los que ahora pasan por ella.

» Evangelio

+ Lectura del santo evangelio según san Lucas (2,22-40)

Cuando llegó el tiempo de la purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén, para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: «Todo primogénito varón será consagrado al Señor», y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: «un par de tórtolas o dos pichones.» Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo moraba en él. Había recibido un oráculo del Espíritu Santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo.
Cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo previsto por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel.»
Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño.
Simeón los bendijo, diciendo a María, su madre: «Mira, éste está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti, una espada te traspasará el alma.»
Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era una mujer muy anciana; de jovencita había vivido siete años casada, y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. Acercándose en aquel momento, daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén. Y, cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios lo acompañaba.

LECTURAS DEL DOMINGO


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