Evangelio dominical

EVANGELIO DOMINICAL

«¿Y quién es, Señor, para que crea en él?»
20-03-2020
«¿Y quién es, Señor, para que crea en él?»

Hoy la Palabra nos recuerda que ser creyente es poder ver más allá de las apariencias, profundizar en el propio interior y en el misterio que nos rodea para encontrarnos con la salvación de Dios, en Cristo. La fe es luz, es participación en la mirada de Dios, en lo que Él ve (primera lectura) porque Él sabe ver el corazón de cada uno y valorar lo que de verdad importa: la voluntad y capacidad de entrega, de servicio, de saber encontrar el propio interés en el verdadero liderazgo que es ocuparse y cuidar de los demás, protegerlos y llevarlos a una meta común. Pero se trata de ver y reconocer, sobre todo, en Jesucristo esta luz y esta mirada de Dios (Evangelio). Es Él quien toma la iniciativa, no tenemos que esperar hasta encontrarle o que tenga tiempo de mirarnos. Tampoco se detiene en teorías: cualquier acontecimiento o hecho de este mundo, hasta la ceguera de un hombre desde su nacimiento, es ocasión “para que se manifiesten las obras de Dios”, cuya intención fundamental no es impartir justicia o castigar el pecado, sino crear y dar vida y sostenerla. El debate viene después y es justo, puesto que Dios mismos pone en cuestión el sistema religioso de gobierno y comprensión de la vida. Es preciso todo un proceso para llegar a entender –si es que se llega a entender de verdad– que la salvación de Dios camina ahora entre nosotros, que es hombre y es accesible.

Se trata de un cambio total, al que quizá estamos tan acostumbrados que ya no somos conscientes pero que hay que recordar y revivir porque de este encuentro continuo con Él en la oración, en la celebración, en los demás, depende que podamos y sepamos ver o que no. El misterio está presente pero al mismo tiempo oculto en la realidad, en la vida, en lo que pasa todos los días. La Palabra nos guía, y el conocimiento y la experiencia que ya tenemos de Jesús. Como aquellos tiempos, nosotros también estamos rodeados de una estructura religiosa y vital que puede que oculte en vez de mostrar la presencia del Mesías, del Salvador. Ver, en realidad, es querer ver y nada ni nadie –ni siquiera todo el poder de Dios– puede hacernos entender lo que no queremos entender ni acoger. Ojalá que en estos tiempos de dificultad, de verdadera y no fingida crisis vital y existencial, nos dejemos mirar, querer, amar, perdonar por la luz de Dios en Jesús y, sobre todo, miremos con esta luz a los demás

» Primera Lectura

Lectura del primer libro de Samuel 16, 1b. 6-7. 10-13a

      En aquellos días, el Señor dijo a Samuel:
      –«Llena la cuerna de aceite y vete, por encargo mío, a Jesé, el de Belén, porque entre sus hijos me he elegido un rey.»
      Cuando llegó, vio a Eliab y pensó:
      –«Seguro, el Señor tiene delante a su ungido.»
      Pero el Señor le dijo:
      –«No te fijes en las apariencias ni en su buena estatura. Lo rechazo. Porque Dios no ve como los hombres, que ven la apariencia; el Señor ve el corazón.»
      Jesé hizo pasar a siete hijos suyos ante Samuel; y Samuel le dijo:
      –«Tampoco a éstos los ha elegido el Señor.»
      Luego preguntó a Jesé:
      –«¿Se acabaron los muchachos?»
      Jesé respondió:
      –«Queda el pequeño, que precisamente está cuidando las ovejas.»
      Samuel dijo:
      –«Manda por él, que no nos sentaremos a la mesa mientras no llegue. »
      Jesé mandó a por él y lo hizo entrar: era de buen color, de hermosos ojos y buen tipo. Entonces el Señor dijo a Samuel:
      –«Anda, úngelo, porque es éste.»
      Samuel tomó la cuerna de aceite y lo ungió en medio de sus hermanos. En aquel momento, invadió a David el espíritu del Señor, y es­ tuvo con él en adelante.

» Segunda Lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 5, 8–14

      Hermanos:
      En otro tiempo erais tinieblas, ahora sois luz en el Señor.
      Caminad como hijos de la luz –toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz, buscando lo que agrada al Señor, sin tomar parte   en las obras estériles de las tinieblas, sino más bien denunciadlas.
      Pues hasta da vergüenza mencionar las cosas que ellos hacen a escondidas.
      Pero la luz, denunciándolas, las pone al descubierto, y todo lo des­cubierto es luz.
      Por eso dice:
      «Despierta, tú que duermes,
      levántate de entre los muertos,
      y Cristo será tu luz. »

» Evangelio

+ Lectura del santo evangelio según san Juan 9, 1–41

      En aquel tiempo, al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento.
      Y sus discípulos le preguntaron:
      –«Maestro, ¿quién pecó, éste o sus padres, para que naciera ciego?»
      Jesús contestó:
      –«Ni éste pecó ni sus padres, sino para que se manifiesten en él las obras de Dios. Mientras es de día, tenemos que hacer las obras del que me ha enviado; viene la noche, y nadie podrá hacerlas. Mien­tras estoy en el mundo, soy la luz del mundo.»
      Dicho esto, escupió en tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego y le dijo:
      –«Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado).»
      Él fue, se lavó, y volvió con vista. Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban:
      –«¿No es ése el que se sentaba a pedir?»
      Unos decían:
      –«El mismo.»
      Otros decían:
      –«No es él, pero se le parece.»
      Él respondía:
      –«Soy yo.»
      Y le preguntaban:
      –«¿Y cómo se te han abierto los ojos?»
      Él contestó:
      –«Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, me lo untó en los ojos y me dijo que fuese a Siloé y que me lavase. Entonces fui, me lavé, y empecé a ver. »
      Le preguntaron:
      –«¿Dónde está él?»
      Contestó:
      –«No sé.»
      Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista.
      Él les contestó:
      –«Me puso barro en los ojos, me lavé, y veo.»
      Algunos de los fariseos comentaban:
      –«Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado.»
      Otros replicaban:
      –«¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?»
      Y estaban divididos. Y volvieron a preguntarle al ciego:
      –«Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?»
      Él contestó:
      –«Que es un profeta.»
      Pero los judíos no se creyeron que aquél había sido ciego y había recibido la vista, hasta que llamaron a sus padres y le preguntaron:
      –«¿Es éste vuestro hijo, de quien decís vosotros que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?»
      Sus padres contestaron:
      –«Sabemos que éste es nuestro hijo y que nació ciego; pero cómo ve ahora, no lo sabemos nosotros, y quién le ha abierto los ojos, nosotros tampoco lo sabemos. Preguntádselo a él, que es mayor y puede explicarse.»
      Sus padres respondieron así porque tenían miedo a los judíos; por­ que los judíos ya habían acordado excluir de la sinagoga a quien re­ conociera a Jesús por Mesías. Por eso sus padres dijeron: «Ya es mayor, preguntádselo a él.»
      Llamaron por segunda vez al que había sido ciego y le dijeron: «Confiésalo ante Dios: nosotros sabemos que ese hombre es un pecador. »
      Contestó él:
      –«Si es un pecador, no lo sé; sólo sé que yo era ciego y ahora veo.»
      Le preguntan de nuevo:
      –¿«Qué te hizo, cómo te abrió los ojos?»
      Les contestó:
      –«Os lo he dicho ya, y no me habéis hecho caso; ¿para qué que­réis oírlo otra vez?; ¿también vosotros queréis haceros discípulos suyos?»
      Ellos lo llenaron de improperios y le dijeron:
      –«Discípulo de ése lo serás tú; nosotros somos discípulos de Moi­sés. Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios, pero ése no sabe­mos de dónde viene.»
      Replicó él:
      –«Pues eso es lo raro: que vosotros no sabéis de dónde viene y, sin embargo, me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, sino al que es religioso y hace su voluntad. Jamás se oyó decir que nadie le abriera los ojos a un ciego de nacimiento; si éste no viniera de Dios, no tendría ningún poder.»
      Le replicaron:
      –«Empecatado naciste tú de pies a cabeza, ¿y nos vas a dar lec­ciones a nosotros?»
      Y lo expulsaron. Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo:
      –«¿Crees tú en el Hijo del hombre?»
      El contestó:
      –«¿Y quién es, Señor, para que crea en él?»
      Jesús le dijo:
      –«Lo estás viendo: el que te está hablando, ése es.»
      Él dijo:
      –«Creo, Señor.»
      Y se postró ante él.
      Jesús añadió:
      –«Para un juicio he venido yo a este mundo; para que los que no ven vean, y los que ven queden ciegos. »
      Los fariseos que estaban con él oyeron esto y le preguntaron:
      –«¿También nosotros estamos ciegos?»
      Jesús les contestó:
      –«Si estuvierais ciegos, no tendríais pecado, pero como decís que veis, vuestro pecado persiste.»
      Palabra del Señor.

LECTURAS DEL DOMINGO


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