Evangelio dominical

EVANGELIO DOMINICAL

«Tu hermano resucitará»
27-03-2020
«Tu hermano resucitará»

Hemos llegado al fin de esta Cuaresma –el próximo domingo ya es el de Ramos– en esta situación de crisis y noche, que diría Juan de la Cruz, que para la mayoría es, como él decía, una carcelilla, esto es, una reclusión sí, pero donde tenemos de casi todo lo material y todo prácticamente en cuestión de entretenimiento. Sin duda que podemos aprovechar para hacernos más conscientes de la presencia cercana de Jesús, a pesar de todos los pesares. Sin poder salir, sin la Eucaristía (un buen momento para reflexionar sobre su “carencia” y si la echamos o no de menos), como a san Juan de la Cruz, nos queda lo más importante, que es nuestra fe que “nos entrega” al Dios de Jesús tal cual es y poder vivir en la oración, en la celebración privada y familiar, que la tenemos, que tenemos a Cristo. Este Cristo que hoy mismo nos recuerda que es “la resurrección y la vida” con este hermosísimo relato, uno de los más bellos del nuevo Testamento y de los que más y mejor descubren cómo está presente el Señor en cada una de nuestras vidas y más aun en estos tiempos en que estamos rodeados por la enfermedad y la muerte misma. El relato nos contaba cómo Jesús la afronta, va directamente a por ella. La enfermedad y su consecuencia final, que es tener que morir, nos recuerdan que somos débiles y con fecha de caducidad. Cualquier interpretación y propuesta seria a la vida humana no puede esquivar el responder esta cuestión, en el modo que sea. Jesús va directamente a la tumba, como pasando por encima del hecho de la enfermedad –que quizá podría haber curado como el mismo texto recuerda– y en una escena única e impresionante en la historia humana y religiosa conmina al cadáver de Lázaro a que deje la tumba y así sucede, contra lo que esperan todos los que miran –y buena parte de los que escuchan–.

Jesús muestra así el verdadero poder de Dios en sus manos: crear y recrear la vida, declarar con hechos que el sepulcro no será nuestro final y que, en el fondo, a los difuntos somos nosotros quienes los mantenemos “atados” a las tumbas por nuestra poca, cuando ellos ya no están allí, están con Dios, tras haber escuchado la palabra de Jesús, viven y también nosotros viviremos, si creemos, si logramos sostenernos con Cristo el tiempo suficiente o estar con Él en la ocasión precisa. El relato narra distintas posturas de fe e incredulidad en la comunidad de Jesús y fuera de ella ante este anuncio radical: se sigue a Cristo para vivir, para resucitar, para contemplar la gloria y las obras de Dios que suceden a la vista de todos pero, a la vez, en lo oculto y lo escondido. Ojalá redescubramos cada uno la inmensa fuerza de Cristo que nos libra del mayor de los miedos, el miedo a morir, y así nos hace libres para poder ser hermanos.

» Primera Lectura

Lectura de la profecía de Ezequiel 37, 12-14

      Así dice el Señor:
      –«Yo mismo abriré vuestros sepulcros,
      y os haré salir de vuestros sepulcros, pueblo mío,
      y os traeré a la tierra de Israel.
      Y, cuando abra vuestros sepulcros
      y os saque de vuestros sepulcros, pueblo mío,
      sabréis que soy el Señor.
      Os infundiré mi espíritu, y viviréis;
      os colocaré en vuestra tierra
      y sabréis que yo, el Señor, lo digo y lo hago. »

» Segunda Lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 8, 8-11

      Hermanos:
      Los que viven sujetos a la carne no pueden agradar a Dios. Pero vosotros no estáis sujetos a la carne, sino al espíritu, ya que el Espíri­tu de Dios habita en vosotros. El que no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo.
      Pues bien, si Cristo está en vosotros, el cuerpo está muerto por el pecado, pero el espíritu vive por la justificación obtenida. Si el Espí­ritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros.

» Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Juan 11, 1-45

      En aquel tiempo, un cierto Lázaro, de Betania, la aldea de María y de Marta, su hermana, había caído enfermo. María era la que un­gió al Señor con perfume y le enjugó los pies con su cabellera; el en­fermo era su hermano Lázaro.
      Las hermanas mandaron recado a Jesús, diciendo:
      –«Señor, tu amigo está enfermo.»
      Jesús, al oírlo, dijo:
      –«Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.»
      Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo, se quedó todavía dos días en donde estaba.
      Sólo entonces dice a sus discípulos:
      –«Vamos otra vez a Judea.»
      Los discípulos le replican:
      –«Maestro, hace poco intentaban apedrearte los judíos, ¿y vas a volver allí?»
      Jesús contestó:
      –«¿No tiene el día doce horas? Si uno camina de día, no tropieza, porque ve la luz de este mundo; pero si camina de noche, tropieza, porque le falta la luz.»
      Dicho esto, añadió:
      –«Lázaro, nuestro amigo, está dormido; voy a despertarlo.»
      Entonces le dijeron sus discípulos:
      –«Señor, si duerme, se salvará.»
      Jesús se refería a su muerte; en cambio, ellos creyeron que hablaba del sueño natural.
      Entonces Jesús les replicó claramente:
      –«Lázaro ha muerto, y me alegro por vosotros de que no hayamos estado allí, para que creáis. Y ahora vamos a su casa.»
      Entonces Tomás, apodado el Mellizo, dijo a los demás discípulos:
      –«Vamos también nosotros y muramos con él.»
      Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Be­tania distaba poco de Jerusalén: unos tres kilómetros"; y muchos judíos habían ido a ver a Marta y a María, para darles el pésame por su hermano. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa. Y dijo Marta a Jesús:
      –«Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá.»
      Jesús le dijo:
      –«Tu hermano resucitará.»
      Marta respondió:
      –«Sé que resucitará en la resurrección del último día.»
      Jesús le dice:
      –«Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siem­pre. ¿Crees esto?»
      Ella le contestó:
      –«Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.»
      Y dicho esto, fue a llamar a su hermana María, diciéndole en voz baja:
      –«El Maestro está ahí y te llama.»
      Apenas lo oyó, se levantó y salió adonde estaba él; porque Jesús no había entrado todavía en la aldea, sino que estaba aún donde Marta lo había encontrado. Los judíos que estaban con ella en casa conso­lándola, al ver que María se levantaba y salía deprisa, la siguieron, pensando que iba al sepulcro a llorar allí. Cuando llegó María adon­de estaba Jesús, al verlo se echó a sus pies diciéndole:
      –«Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano.»
      Jesús, viéndola llorar a ella y viendo llorar a los judíos que la acom­pañaban, sollozó y, muy conmovido, preguntó:
      –«¿Dónde lo habéis enterrado?»
      Le contestaron:
      –«Señor, ven a verlo.»
      Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban:
      –«¡Cómo lo quería!»
      Pero algunos dijeron:
      –«Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que muriera éste?»
      Jesús, sollozando de nuevo, llega al sepulcro. Era una cavidad cu­bierta con una losa.
      Dice Jesús:
      –«Quitad la losa.»
      Marta, la hermana del muerto, le dice:
      –«Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días.»
      Jesús le dice:
      –«¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?»
      Entonces quitaron la losa.
      Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo:
      –«Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para haya que crean que tú me has enviado. »
      Y dicho esto, gritó con voz potente:
      –«Lázaro, ven afuera.»
      El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario.
      Jesús les dijo:
      –«Desatadlo y dejadlo andar.»
      Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.

LECTURAS DEL DOMINGO


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