Evangelio dominical

EVANGELIO DOMINICAL

"Dichosos los que crean sin haber visto"
17-04-2020
"Dichosos los que crean sin haber visto"

La Pascua, esto es, la razón profunda que tenemos los creyentes para estar “alegres”, desde dentro hacia afuera, tiene que irse imponiendo. Porque la vida sigue, a pesar de todos estos pesares que, todavía, tenemos encima. Seguimos en crisis pero con esperanza, y no solo porque esperamos lo mejor de los demás (de la mayoría, por lo menos): sanitarios y cuidadores, trabajadores que nos permiten a todos seguir viviendo, responsables que tienen verdadera conciencia de proteger a los suyos más allá de su cargo o ideología, que siempre serán transitorios. Como creyentes, tenemos también otra esperanza: la seguridad de que Él está con nosotros, sufriendo con los que sufren, luchando junto a todos y todo ello sabiendo que Él ha vencido a la muerte pero se ha querido quedar aquí reconstruyendo su comunidad (primera lectura), convirtiéndose en su razón para vivir y luchar por un mundo más a lo divino, esto es, más humanizado. Y la realidad de este mundo nuevo –es oportuno recordarlo ahora que todos dicen que todo cambiará cuando esto acabe– depende de cómo y cuánto nos concienciamos para “tenerlo todo en común” y vivir todos como hermanos. Por supuesto, esto tiene que ser más que palabras: es un proyecto de vida, de familia, de comunidad que es preciso hacer realidad antes de poder contagiarlo a una sociedad o un mundo. Su crecimiento va en paralelo al anuncio de la Buena Noticia y no tiene que atarse a ningún sistema político o económico (curiosamente para algunos estas palabras definen un capitalismo proteccionista y para otros el mismísimo comunismo) porque en estos casos siempre se olvida lo fundamental: que Dios no coacciona a nadie, ni siquiera para su bien o mejora.

Que todo ha de hacerse en la fe, que es la misma definición de la libertad personal y comunitaria. Por eso Jesús (Evangelio) se muestra entre los suyos con libertad y confianza pero sin dar nada por supuesto. Requiere, necesita la acogida y la aceptación de todos y de cada uno y esta solo se puede conseguir en el encuentro inmediato, personal, “tocando” verdaderamente el signo vivo de la resurrección y el mundo nuevo que es ahora Jesús. El Evangelio nos recordaba que el Señor está dispuesto a encontrarse con cada uno donde y cómo pueda ser pero que para este encuentro dé fruto es precisa y necesaria la fe, la confianza, darle una oportunidad y esto solo se puede hacer en la oración –estando muchas veces a solas tratando amistad con quien sabemos nos ama– o  asumiendo realmente en la vida sus “mandamientos”, es decir, ese considerar lo nuestro y personal como común, nuestro tiempo, nuestros bienes, nuestra disponibilidad puesta al servicio de algo más grande e importante: el Reino de Dios que ahora es Cristo y quienes queramos estar con Él.

» Primera Lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 2, 42-47

Los hermanos eran constantes en escuchar la enseñanza de los após­toles, en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones.
Todo el mundo estaba impresionado por los muchos prodigios y signos que los apóstoles hacían en Jerusalén. Los creyentes vivían to­dos unidos y lo tenían todo en común; vendían posesiones y bienes, y lo repartían entre todos, según la necesidad de cada uno.
A diario acudían al templo todos unidos, celebraban la fracción del pan en las casas y comían juntos, alabando a Dios con alegría y de todo corazón; eran bien vistos de todo el pueblo, y día tras día el Señor iba agregando al grupo los que se iban salvando.

» Segunda Lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro 1, 3-9

Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que en su gran misericordia, por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva, para una he­rencia incorruptible, pura, imperecedera, que os está reservada en el cielo. La fuerza de Dios os custodia en la fe para la salvación que aguarda a manifestarse en el momento final.
Alegraos de ello, aunque de momento tengáis que sufrir un poco, en pruebas diversas: así la comprobación de vuestra fe –de más pre­cio que el oro, que, aunque perecedero, lo aquilatan a fuego– llega­rá a ser alabanza y gloria y honor cuando se manifieste Jesucristo.
No habéis visto a Jesucristo, y lo amáis; no lo veis, y creéis en él; y os alegráis con un gozo inefable y transfigurado, alcanzando así la meta de vuestra fe: vuestra propia salvación.

» Evangelio

+ Lectura del santo evangelio según san Juan 20, 19-31

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los ju­díos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
–«Paz a vosotros.»
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípu­los se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:
–«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.»
Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:
–«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.»
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían:
–«Hemos visto al Señor.»
Pero él les contestó:
–«Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el de­do en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo. »
A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en me­dio y dijo:
–«Paz a vosotros.»
Luego dijo a Tomás:
–«Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.»
Contestó Tomás:
–«¡Señor mío y Dios mío!»
Jesús le dijo:
–«¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.»
Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Éstos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vi­da en su nombre.

LECTURAS DEL DOMINGO


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