Evangelio dominical

EVANGELIO DOMINICAL

"Ellos contaron lo que les había pasado por el camino"
24-04-2020
"Ellos contaron lo que les había pasado por el camino"

La fuerza, la verdadera realidad de la Pascua que estamos viviendo, tan extraña, sigue estando en la inaudita novedad que encarna –nunca mejor dicho en pleno sentido– Jesús Resucitado. Aunque lo que ha sucedido se inserta en la historia de la salvación (primera lectura), al mismo tiempo se sale completamente de ella o la cumple o la lleva a plenitud, como cada uno lo quiera –mejor– entender. Los antiguos seguidores de Jesús (huidos y desaparecidos tras su muerte) lo han entendido rápidamente pero este cambio lo ha provocado el encuentro personal con Él, no la lectura de las Escrituras o el consejo de sesudos rabinos o ingeniosos comentaristas y conocedores, en profundidad, de lo sagrado. Es un hecho, como refiere Pedro, para quien lo ha experimentado: todos los profetas, patriarcas, reyes, sabios, filósofos y hasta los creadores de opinión han muerto o se morirán (de este mal que nos aqueja o de otro cualquiera) y Jesús de Nazaret, el Cristo, está vivo, ha atravesado las tinieblas de la muerte y se ha encontrado con los suyos mostrando verdaderamente que Dios lo es de vivos y no un mero recuerdo como los muertos. Para provocar este encuentro de la Vida verdadera con todos nació y sigue viva la Iglesia, comunidad de los que ya han hecho la experiencia y profundizan en ella y la quieren, además, compartir con los demás, con todos. Este encuentro es un camino, un proceso, una aventura, como relata el Evangelio.

Es el mismo Jesús quien lleva la iniciativa, como siempre. Se hace el encontradizo con aquellos que han oído –siquiera– hablar de Él o lo han visto de lejos. Y asume la realidad que se encuentra, no a oyentes ideales o ya preparados. Jesús lidia con la desesperanza, el desencanto y todos los tipos de frustración humana y religiosa. Podemos decirle a la cara todo lo que no entendemos, no nos gusta o queremos cambiar (al contrario que a nuestros sistemas sociales y políticos). Él nos hará mirar lo que somos y tenemos, nuestra vida y nuestra fe, las Escrituras incluso, desde otro punto de vista. Cuando leemos la Escritura y el Evangelio, no estamos solos. Tampoco cuando compartimos entre nosotros cómo vivimos o queremos vivir la fe: Él nos acompaña, hace que se nos caliente –hasta arder– el corazón hasta el momento único, impresionante, en que caemos en la cuenta de a quien tenemos a nuestro lado: Jesús, Hijo de Dios, Hijo del Hombre, hermano nuestro, Mesías, Salvador, Amigo verdadero que nunca falla.

» Primera Lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 2, 14. 22-33

El día de Pentecostés, Pedro, de pie con los Once, pidió atención y les dirigió la palabra:
–«Judíos y vecinos todos de Jerusalén, escuchad mis palabras y enteraos bien de lo que pasa. Escuchadme, israelitas: Os hablo de Je­sús Nazareno, el hombre que Dios acreditó ante vosotros realizando por su medio los milagros, signos y prodigios que conocéis. Confor­me al designio previsto y sancionado por Dios, os lo entregaron, y vosotros, por mano de paganos, lo matasteis en una cruz. Pero Dios lo resucitó, rompiendo las ataduras de la muerte; no era posible que la muerte lo retuviera bajo su dominio, pues David dice:
"Tengo siempre presente al Señor,
con él a mi derecha no vacilaré.
Por eso se me alegra el corazón,
exulta mi lengua,
y mi carne descansa esperanzada.
Porque no me entregarás a la muerte
ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción.
Me has enseñado el sendero de la vida,
me saciarás de gozo en tu presencia."
Hermanos, permitidme hablaros con franqueza: El patriarca Da­vid murió y lo enterraron, y conservamos su sepulcro hasta el día de hoy. Pero era profeta y sabía que Dios le había prometido con jura­mento sentar en su trono a un descendiente suyo; cuando dijo que “no lo entregaría a la muerte y que su carne no conocería la corrup­ción”, hablaba previendo la resurrección del Mesías. Pues bien, Dios resucitó a este Jesús, y todos nosotros somos testigos.
Ahora, exaltado por la diestra de Dios, ha recibido del Padre el Espíritu Santo que estaba prometido, y lo ha derramado. Esto es lo que estáis viendo y oyendo.»

» Segunda Lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro 1, 17-21

Queridos hermanos:
Si llamáis Padre al que juzga a cada uno, según sus obras, sin par­cialidad, tomad en serio vuestro proceder en esta vida.
Ya sabéis con qué os rescataron de ese proceder inútil recibido de vuestros padres: no con bienes efímeros, con oro o plata, sino a precio de la sangre de Cristo, el Cordero sin defecto ni mancha, previsto antes de la creación del mundo y manifestado al final de los tiempos por nuestro bien.
Por Cristo vosotros creéis en Dios, que lo resucitó de entre los muertos y le dio gloria, y así habéis puesto en Dios vuestra fe y vuestra esperanza.

» Evangelio

+ Lectura del santo evangelio según san Lucas 24, 13-35

Dos discípulos de Jesús iban andando aquel mismo día, el primero de la semana, a una aldea llamada Emaús, distante unas dos leguas de Jerusalén; iban comentando todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acerco y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.
Él les dijo:
_«¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?»
Ellos se detuvieron preocupados. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le replicó:
_«¿Eres tú el único forastero en Jerusalén, que no sabes lo que ha pasado allí estos días?»
Él les preguntó:
–«¿Qué?»
Ellos le contestaron:
_«Lo de Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él fuera el futuro libe­rador de Israel. Y ya ves: hace dos días que sucedió esto. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado: pues fue­ron muy de mañana al sepulcro, no encontraron su cuerpo, e incluso vinieron diciendo que habían visto una aparición de ángeles, que les habían dicho que estaba vivo. Algunos de los nuestros fueron tam­bién al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pe­ro a él no lo vieron.»
Entonces Jesús les dijo:
–«¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los pro­fetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria? »
Y, comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les expli­có lo que se refería a él en toda la Escritura.
Ya cerca de la aldea donde iban, él hizo ademán de seguir adelan­te; pero ellos le apremiaron, diciendo:
–«Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída.»
Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció.
Ellos comentaron:
–«¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?»
Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén, donde en­contraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo:
–«Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón.»
Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

LECTURAS DEL DOMINGO


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