Evangelio dominical

EVANGELIO DOMINICAL

"Mis ojos han visto a tu Salvador"
26-12-2020
"Mis ojos han visto a tu Salvador"

Celebrar la Encarnación del Hijo de Dios se identifica hoy con la celebración de su familia, de nuestra familia cristiana y de que la seguimos proponiendo al mundo. Decir que el Hijo de Dios se hizo hombre es lo mismo que afirmar que tuvo necesidad de una familia, que no aprendió “humanidad” a base de manuales o encontró ese conocimiento en algún lugar de su personalidad divina. Jesús, Hijo de Dios, se tuvo que hacer Hijo del hombre y por tanto también Hijo de Dios, gracias a una familia. Afirmar que Jesús fue hombre como nosotros es afirmar que nació de una mujer y que, en su caso, tuvo también asignado un padre humano, José y unos “hermanos” (en el sentido que le dan los Evangelios), en fin, una entera familia en el más amplio sentido que le daba la antigüedad. Las lecturas de hoy son una celebración de la verdadera humanidad que solo es posible en familia, en fraternidad y un gran aviso a nuestro estilo de vida solitario  (egoísta) e independiente (al menos mientras nos sea posible). Como el Adviento, también la Navidad nos quiere poner en la realidad de las cosas.

No recordamos ni huimos de la verdad suponiendo un cuento de hadas sino todo lo contrario: la acción y la presencia de Dios asumen lo histórico y contingente y nos hablan a través de ello. Ciertamente la familia (primera lectura) es una estructura, una institución que tiene sus reglas y limitaciones (como todo lo humano). Y esto a menudo no es agradable pues coarta la libertad al tiempo que la posibilita, como todas las estructuras e instituciones. Pero es una estructura de carne y sangre que puede evolucionar y que, de hecho, lo hace pues tiene como inevitable objetivo sostener la sociedad o gran familia humana al tiempo que protege y ayuda a cada individuo. Es por eso que la familia tenía que ser salvada por el Hijo de Dios (Evangelio) en primer lugar, para convertirse en el embrión de la reunión de todos los hombres, o gran familia humana de la iglesia. De hecho el evangelista Lucas contempla el momento de la purificación de María y la presentación de su hijo en el templo como ese momento decisivo en que este movimiento salvador comienza. El Salvador y Mesías se encuentra con su pueblo, es señalado ya por los profetas Simeón y Ana como realización de las promesas divinas. Una realización, con todo, todavía en germen, en proyecto puesto que el Mesías aun tiene que crecer y robustecerse e irse llenando de sabiduría, en otra alusión más a la necesaria colaboración de la familia humana en su desarrollo y su misión.

» Primera Lectura

Lectura del libro del Eclesiástico 3, 2-6.12-14

Dios hace al padre más respetable que a los hijos
y afirma la autoridad de la madre sobre su prole.
El que honra a su padre expía sus pecados,
el que respeta a su madre acumula tesoros;
el que honra a su padre se alegrará de sus hijos
y, cuando rece, será escuchado;
el que respeta a su padre tendrá larga vida,
al que honra a su madre el Señor lo escucha.
Hijo mío, sé constante en honrar a tu padre,
no lo abandones mientras vivas;
aunque chochee, ten indulgencia,
no lo abochornes mientras vivas.
La limosna del padre no se olvidará,
será tenida en cuenta para pagar tus pecados.

» Segunda Lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses   3, 12-21
Hermanos:
Como elegidos de Dios, santos y amados, vestíos de la mise­ricordia entrañable, bondad, humildad, dulzura, comprensión.
Sobrellevaos mutuamente y perdonaos, cuando alguno tenga quejas contra otro.
El Señor os ha perdonado: haced vosotros lo mismo.
Y por encima de todo esto, el amor, que es el ceñidor de la unidad consumada.
Que la paz de Cristo actúe de árbitro en vuestro corazón; a ella habéis sido convocados, en un solo cuerpo.
Y sed agradecidos. La palabra de Cristo habite entre voso­tros en toda su riqueza; enseñaos unos a otros con toda sabidu­ría; corregíos mutuamente.
Cantad a Dios, dadle gracias de corazón, con salmos, himnos y cánticos inspirados.
Y, todo lo que de palabra o de obra realicéis, sea todo en nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él.
Mujeres, vivid bajo la autoridad de vuestros maridos, como conviene en el Señor. Maridos, amad a vuestras mujeres, y no seáis ásperos con ellas.
Hijos, obedeced a vuestros padres en todo, que eso le gusta al Señor. Padres, no exasperéis a vuestros hijos, no sea que pier­dan los ánimos.

» Evangelio

+Lectura del santo evangelio según san Lucas 2, 22-40

Cuando llegó el tiempo de la purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén, para presen­tarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: «Todo primogénito varón será consagrado al Señor», y para en­tregar la oblación, como dice la ley del Señor: «un par de tórto­las o dos pichones.»
Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo moraba en él. Había recibido un oráculo del Espíritu Santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo.
Cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo previsto por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo:
–«Ahora, Señor, según tu promesa,
puedes dejar a tu siervo irse en paz.
Porque mis ojos han visto a tu Salvador,
a quien has presentado ante todos los pueblos:
luz para alumbrar a las naciones
y gloria de tu pueblo Israel.»
Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño.
Simeón los bendijo, diciendo a María, su madre:
– «Mira, éste está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti, una espada te traspa­sará el alma.»
Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tri­bu de Aser. Era una mujer muy anciana; de jovencita había vi­vido siete años casada, y luego viuda hasta los ochenta y cua­tro; no se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. Acercándose en aquel momento, daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén.
Y cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Se­ñor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret.
El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios lo acompañaba.

LECTURAS DEL DOMINGO


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