Evangelio dominical

EVANGELIO DOMINICAL

"Él hablaba del templo de su cuerpo"
05-03-2021
"Él hablaba del templo de su cuerpo"

El tercer domingo de cuaresma sigue hablándonos de la alianza (acercamiento progresivo) entre Dios y los hombres, proyecto de vida (creación) y de comunión (salvación). Ya en los anteriores se nos había hablado de la alianza con Noé y de la que Dios hizo con Abrahán y hoy se trata de la primera alianza formal: la del Sinaí. La primera lectura nos recordaba el corazón de su código, esto es, los “diez mandamientos”. Es la explicitación de la oferta de comunión de Dios, una propuesta para que el hombre experimente su presencia y su cercanía y también para construir un “espacio” de convivencia verdaderamente humano que pretende constituirse en una fraternidad que hermana e “iguala” a todos los hombres en lo que puede ser, esto es, en su comportamiento, fomentando a fuerza de compasión y misericordia, que nos podamos y sepamos compadecer los unos de los otros. De hecho, como se sabe desde la antigüedad, hay una “tabla” de preceptos para la relación fundante con Dios y otra para la relación derivada entre los hombres. Pero la alianza es mucho más que diez mandamientos pues incluye y se funda en la acción misma de Dios, su amor y predilección por el hombre. Dios mismo está en ella y no solo con el recuerdo de lo hecho y vivido junto al hombre (el rescate de Egipto y cuarenta años por el desierto) sino presente y actuando a favor de su oferta, apoyando y vigilando su cumplimiento y actualizando por medio de los profetas la comprensión de sus preceptos, que son, en definitiva, Palabra suya. Los hombres también están ahí, escuchando y obedeciendo o no, y teniendo que arrepentirse para volver al camino. Un espacio esencial de esta alianza es el Templo, el único lugar, según el Deuteronomio donde hay un encuentro cierto y verdadero entre Dios y su pueblo. En ese Lugar sucedía el verdadero y único culto que realiza la alianza y pone a los creyentes en manos de su Dios y a Dios en la vida de sus fieles. Es ahí mismo donde entra Jesús en el Evangelio y no lo hace para reformarlo, auditarlo o señalar sus fallos, incoherencias y falsedades (que tenía que tener como toda institución humana); menos todavía para convertirse en el “primer enemigo del comercio” y del intercambio de bienes, sino para anunciar una nueva alianza en la que este lugar ya no es necesario. No es porque el Templo fuera un mercado, que podía serlo, sino porque, dentro de un muy poco, el verdadero encuentro entre Dios y los suyos se producirá en este profeta, el último, que por eso tiene todo el poder y derecho a cambiar el corazón y las formas de la vieja alianza e iniciar el nuevo modo de comunión con Dios y de fraternidad entre nosotros. Jesús no es un "radical" reformador religioso sino Dios mismo hecho hombre, encuentro en la raíz entre el creador y la creatura.

» Primera Lectura

Lectura del libro del Éxodo 20, 1–17

En aquellos días, el Señor pronunció las siguientes palabras:
«Yo soy el Señor, tu Dios,
que te saqué de Egipto, de la esclavitud.
No tendrás otros dioses frente a mí.
No te harás ídolos,
figura alguna de lo que hay arriba en el cielo,
abajo en la tierra
o en el agua debajo de la tierra.
No te postrarás ante ellos, ni les darás culto; porque yo, el Señor, tu Dios, soy un dios celoso:
castigo el pecado de los padres
en los hijos, nietos y biznietos,
cuando me aborrecen.
Pero actúo con piedad por mil generaciones
cuando me aman y guardan mis preceptos.
No pronunciarás el nombre del Señor, tu Dios, en falso.
Porque no dejará el Señor impune
a quien pronuncie su nombre en falso.
Fíjate en el sábado para santificarlo.
Durante seis días trabaja y haz tus tareas,
pero el día séptimo es un día de descanso,
dedicado al Señor, tu Dios:
no harás trabajo alguno,
ni tú, ni tu hijo, ni tu hija,
ni tu esclavo, ni tu esclava, ni tu ganado,
ni el forastero que viva en tus ciudades.
Porque en seis días hizo el Señor
el cielo, la tierra y el mar
y lo que hay en ellos.
Y el séptimo día descansó:
por eso bendijo el Señor el sábado y lo santificó.
Honra a tu padre y a tu madre:
así prolongarás tus días
en la tierra que el Señor, tu Dios, te va a dar.
No matarás.
No cometerás adulterio.
No robarás.
No darás testimonio falso contra tu prójimo.
No codiciarás los bienes de tu prójimo;
no codiciarás la mujer de tu prójimo,
ni su esclavo, ni su esclava, ni su buey, ni su asno,
ni nada que sea de él.»
Palabra de Dios.
O bien más breve:
Lectura del libro del Éxodo 20, 1-3. 7-8. 12-17
En aquellos días, el Señor pronunció las siguientes palabras:
«Yo soy el Señor, tu Dios,
que te saqué de Egipto, de la esclavitud.
No tendrás otros dioses frente a mí.
No pronunciarás el nombre del Señor, tu Dios, en falso.
Porque no dejará el Señor impune a quien pronuncie su nombre en falso.
Fíjate en el sábado para santificarlo.
Honra a tu padre y a tu madre:
así prolongarás tus días
en la tierra que el Señor, tu Dios, te va a dar.
No matarás.
No cometerás adulterio.
No robarás.
No darás testimonio falso contra tu prójimo.
No codiciarás los bienes de tu prójimo;
no codiciarás la mujer de tu prójimo,
ni su esclavo, ni su esclava, ni su buey, ni su asno,
ni nada que sea de él.»

» Segunda Lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 1, 22-25

Hermanos:
Los judíos exigen signos, los griegos buscan sabiduría; pero nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; pero, para los llamados –judíos o griegos–, un Mesías que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios.
Pues lo necio de Dios es más sabio que los hombres; y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres.

» Evangelio

+Lectura del santo evangelio según san Juan 2, 13-25

Se acercaba la Pascua de los judíos, y Jesús subió a Jerusa­lén. Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ove­jas y palomas, y a los cambistas sentados; y, haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas; y a los que vendían palomas les dijo:
–«Quitad esto de aquí; no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre.»
Sus discípulos se acordaron de lo que está escrito: «El celo de tu casa me devora.»
Entonces intervinieron los judíos y le preguntaron:
–«¿Qué signos nos muestras para obrar así?»
Jesús contestó:
–«Destruid este templo, y en tres días lo levantaré.»
Los judíos replicaron:
–«Cuarenta y seis años ha costado construir este templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?»
Pero él hablaba del templo de su cuerpo. Y, cuando resuci­tó de entre los muertos, los discípulos se acordaron de que lo había dicho, y dieron fe a la Escritura y a la palabra que había dicho Jesús.
Mientras estaba en Jerusalén por las fiestas de Pascua, mu­chos creyeron en su nombre, viendo los signos que hacía; pero Jesús no se confiaba con ellos, porque los conocía a todos y no necesitaba el testimonio de nadie sobre un hombre, porque él sabía lo que hay dentro de cada hombre.

LECTURAS DEL DOMINGO

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