Evangelio dominical

EVANGELIO DOMINICAL

"Trae tu mano y métela en mi costado"
09-04-2021
"Trae tu mano y métela en mi costado"

Nos adentramos en este tiempo de Pascua, que es una suerte de “cuaresma” –ciencuentena– al revés, pues es ahora cuando se comienza a predicar la verdadera conversión y el perdón de los pecados que es la que se anuncia en nombre de Cristo Resucitado (cfr. Lc 24,47-48). Es el auténtico principio (“primer día”) de los nuevos tiempos y la nueva alianza, que va haciendo realidad la “comunión” entre Dios y los hombres a través de Cristo (primera lectura) y de estos entre ellos, hasta el punto de que “pensaban y sentían lo mismo, lo poseían todo en común y nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenía”. Desde el primer momento (Evangelio) es el Resucitado mismo quien vuelve a reunir y motivar a los suyos, a hacerse presente con toda la fuerza de su vida nueva en medio de ellos, aunque respetando siempre su libertad, necesitando su acogida y aceptación en cada momento del camino. No se llega al ideal dibujado en la primera lectura a golpe de orden o de decreto; se necesita un camino personal de integración en esta nueva familia donde cada uno somos amados por quienes somos y en el amor que derrocha Cristo. Porque esta es la base, el origen y toda la fuerza del desarrollo: el amor del Señor que se manifiesta en ese anuncio inicial del perdón de todos los pecados que implica el misterio pascual.

Jesús ha muerto y resucitado y en vez de pedir cuentas a Israel, Roma y demás implicados en el desastre en que terminó su vida, los perdona e intenta por todos los medios que su muerte vicaria sea la última de la historia. Esto no pudo ser pero sí lo otro: Jesús se hace presente declarando la paz y enseñando sus manos, su costado que ponen de manifiesto que se trata de él y que las heridas, ahora glorificadas, siguen formando parte de su realidad corpórea. Cristo resucitado es el Crucificado y su cuerpo, ahora vivo para siempre, lo muestra por el método más directo. También, sin discursos ni muchas explicaciones, les manifiesta que está allí para enviarles como él ha sido enviado por el Padre, que su misión, nuestra misión, no es sino la continuación de la suya. Y lo confirma todo al insuflarles su propio Espíritu, el que le llevado durante toda la misión, hasta la muerte, y le ha liberado después del sepulcro, el Espíritu de la vida, el aliento mismo de Dios que tiene dentro, que obró la Encarnación, llevó adelante cada día de la misión y culminó la resurrección. Este Espíritu hace de cada uno de ellos “otros Jesús”, salvando todas las distancias. Esto vendrá después. De momento, lo que urge es caer en la cuenta de que Jesús está vivo, de que todo ha cobrado sentido y se sostiene gracias a él. De algún modo, como escribió el entonces cardenal Ratzinger “todos nosotros somos Tomás, el incrédulo” pero, a la vez, “todos nosotros podemos tocar el corazón de Jesús abierto, expuesto, y allí tocar, sentir, contemplar al Logos mismo” y así confesar con los ojos y tocando lo que sea necesario tocar: ‘¡Señor mío y Dios mío!’.

» Primera Lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 4, 32-35

En el grupo de los creyentes todos pensaban y sentían lo mismo: lo poseían todo en común y nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenía.
Los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Se­ñor Jesús con mucho valor.
Y Dios los miraba a todos con mucho agrado. Ninguno pa­saba necesidad, pues los que poseían tierras o casas las vendían, traían el dinero y lo ponían a disposición de los apóstoles; lue­go se distribuía según lo que necesitaba cada uno.

» Segunda Lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Juan 5, 1-6

Queridos hermanos:
Todo el que cree que Jesús es el Cristo ha nacido de Dios; y todo el que ama a aquel que da el ser ama también al que ha nacido de él.
En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios: si amamos a Dios y cumplimos sus mandamientos.
Pues en esto consiste el amor a Dios: en que guardemos sus mandamientos. Y sus mandamientos no son pesados, pues todo lo que ha nacido de Dios vence al mundo.
Y lo que ha conseguido la victoria sobre el mundo es nues­tra fe. ¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?
Éste es el que vino con agua y con sangre: Jesucristo. No sólo con agua, sino con agua y con sangre, y el Espíritu es quien da testimonio, porque el Espíritu es la verdad.

» Evangelio

+Lectura del santo evangelio según san Juan 20, 19-31

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, esta­ban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
–«Paz a vosotros.»
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:
– «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado5 así también os envío yo.»
Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:
– «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.»
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían:
_«Hemos visto al Señor.»
Pero él les contestó:
– «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.»
A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se
puso en medio y dijo:
– «Paz a vosotros.»
Luego dijo a Tomás:
– «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.»
Contestó Tomás:
– «¡Señor mío y Dios mío!»
Jesús le dijo:
–«¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.»
Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Éstos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

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