Evangelio dominical

EVANGELIO DOMINICAL

"Ha vuelto tu hermano"
13-09-2019
"Ha vuelto tu hermano"

A menudo se oye comentar, incluso entre creyentes y hasta devotos, la gran diferencia que existe o parece existir entre el Dios del Antiguo Testamento y el Dios de Jesús. Según muchos, a ambas imágenes de Dios les distingue la misericordia: así mientras el Padre de Cristo es bondadoso e inclinado al perdón por antonomasia, ese Dios extraño de la antigua alianza es iracundo, amenaza siempre con el o los castigos tremebundos y que suele ejecutar también con poca o ninguna compasión. Aparte del hecho de que esas apreciaciones y comparaciones solo revelan desconocimiento de la Escritura, es cierto que en la catequesis y en la predicación a menudo se habla con demasiada ligereza de estos temas. Hoy, la celebración, nos presenta un texto significativo de cada una de las alianzas para que extraigamos nuestras propias consecuencias. La primera lectura es un relato muy sugerente donde aparece claramente esta imagen de un Dios celoso ante el pecado del pueblo que le ha dejado o sustituido apenas unos días después de haber experimentado los milagros y maravillas del éxodo. Ante el pecado “flagrante”, el Señor habla directamente de dar rienda suelta a su “ira” y “consumirlos” para luego crear un nuevo pueblo a partir de Moisés.

Lo más curioso es que se trata de un diálogo, porque un Dios así (o un hombre con estos poderes) primero hubiese actuado y luego se hubiese explicado, en caso de haber querido. Pero no, este Dios habla con Moisés y escucha sus argumentos, muy juiciosos, como en otras ocasiones, en los que le recuerda sus juramentos y promesas: hacer crecer a este pueblo y no destruirlo. Y el texto termina con una afirmación aún más sorprendente: “el Señor se arrepintió de la amenaza”. Es un texto revelador, sin duda. En la Escritura no se pretende definir o declarar directamente quién sea o no sea Dios sino que se presentan textos, relatos, experiencias que nos permitan tener e interpretar nuestras propias experiencias. De ahí el Evangelio: la misericordia de Dios no es “buenismo” ni, peor, “bonachonismo” sino su actuación real contra el mal, el egoísmo, la codicia, el pecado que nos desune interiormente y nos enfrenta a los demás. Se trata de un amor tan grande que desarma, consume, transforma el mal aunque a costa de su propio ser, de su propia carne. Perdona, ama a costa de su propia vida, de asumir en sí lo negativo para asimilarlo, desactivarlo y transformarlo. Contra la sola lógica humana, Dios busca a la única oveja perdida y acoge como si nada al hijo descarriado. Y al hacerlo no es que les dé otra ocasión para seguir igual, para pecar y morir, sino que está haciendo que este inmenso amor consuma y aniquile el pecado y el mal que nos quiere aniquilar a nosotros. Y es una buena oportunidad, y también la última, no por deseo de Dios, sino porque nuestro  tiempo es limitado. Si la rechazamos, quizá no haya otra y, además, habremos perdido gran parte o nuestra vida entera.

» Primera Lectura

Lectura del libro del Exodo 32, 7-11. 13-14

En aquellos días dijo el Señor a Moisés:
–Anda, baja del monte, que se ha pervertido tu pueblo, el que tú sacaste de Egipto. Pronto se han desviado del camino que yo les había señalado. Se han hecho un toro de metal, se postran ante él, le ofrecen sacrificios y proclaman: «Este es tu Dios, Israel, el que te sacó de Egipto.»
Y el Señor añadió a Moisés:
–Veo que este pueblo es un pueblo de dura cerviz. Por eso déjame: mi ira se va a encender contra ellos hasta consumirlos. Y de ti haré un gran pueblo.
Entonces Moisés suplicó al Señor su Dios:
–¿Por qué, Señor, se va a encender tu ira contra tu pueblo, que tú sacaste de Egipto con gran poder y mano robusta? Acuérdate de tus siervos, Abrahán, Isaac y Jacob a quienes juraste por ti mismo diciendo: «Multiplicaré vuestra descendencia como las estrellas del cielo, y toda esta tierra de que he hablado se la daré a vuestra descendencia para que la posea por siempre.»
Y el Señor se arrepintió de la amenaza que había pronunciado contra su pueblo.

» Segunda Lectura

Lectura de la primera carta del Apóstol San Pablo a Timoteo 1, 12-17

Doy gracias a Cristo Jesús nuestro Señor
que me hizo capaz, se fió de mí
y me confió este ministerio.
Eso que yo antes era un blasfemo,
un perseguidor y un violento.
Pero Dios tuvo compasión de mí,
porque yo no era creyente
y no sabía lo que hacía.
Dios derrochó su gracia en mí,
dándome la fe y el amor cristiano.
Podéis fiaros y aceptar sin reserva lo que os digo:
Que Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores,
y yo soy el primero.
Y por eso se compadeció de mí:
para que en mí, el primero,
mostrara Cristo toda su paciencia,
y pudiera ser modelo de todos
los que creerán en él y tendrán vida eterna.
Al rey de los siglos,
inmortal, invisible, único Dios,
honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén.

» Evangelio

+ Lectura del santo Evangelio según San Lucas 15, 1-32

En aquel tiempo, se acercaban a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los letrados murmuraban entre ellos:
–Ese acoge a los pecadores y come con ellos.
Jesús les dijo esta parábola:
–Si uno de vosotros tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿no deja las noventa y nueve en el campo y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento; y al llegar a casa, reúne a los amigos y a los vecinos para decirles:
–¡Felicitadme!, he encontrado la oveja que se me había perdido.
Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse.
Y si una mujer tiene diez monedas y se le pierde una, ¿no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado, hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, reúne a las vecinas para decirles:
–¡Felicitadme!, he encontrado la moneda que se me había perdido.
Os digo que la misma alegría habrá entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta.
También les dijo:
Un hombre tenía dos hijos: el menor de ellos dijo a su padre:
–Padre, dame la parte que me toca de la fortuna.
El padre les repartió los bienes.
No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente.
Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad.
Fue entonces y tanto le insistió a un habitante de aquel país, que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Le entraban ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos; y nadie le daba de comer.
Recapacitando entonces se dijo:
–Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: «Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros.»
Se puso en camino adonde estaba su padre: cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y echando a correr, se le echó al cuello, y se puso a besarlo.
Su hijo le dijo:
–Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo.
Pero el padre dijo a sus criados:
–Sacad en seguida el mejor traje, y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo; celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado.
Y empezaron el banquete.
Su hijo mayor estaba en el campo.
Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y el baile, y llamando a uno de los mozos, le preguntó qué pasaba.
Este le contestó:
–Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud.
El se indignó y se negaba a entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo.
Y él replicó a su padre:
–Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado.
El padre le dijo:
–Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido, estaba perdido, y lo hemos encontrado.