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01-04-2018
Con María Pascua de Vida Nueva
¡Feliz Pascua de Resurrección!

Queridos hermanos y hermanas de la Provincia Ibérica de Santa Teresa, Feliz Pascua de la Vida Nueva en la Resurrección de Jesús. ¡Gozo y Paz a vosotros, a vuestra comunidad, a toda la gente que comparte con vosotros el hermoso y arduo camino de la vida, paz a vuestras familias! “Soy yo, no temáis. Paz a vosotros. No tengáis miedo. Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin”, dice el Señor.

Aún está amaneciendo y todo está en silencio. Todavía el buen sabor de la celebración de anoche con mis hermanos de comunidad y un grupo de gente fiel... el Señor se regala en la sencillez de vida. 

Jesús está vivo, más vivo que nunca. Viene de la muerte y del sepulcro. De todos los sepulcros y de todas las muertes. Se nos regala de nuevo en el Hijo un comienzo que jamás, ni el mejor de los guionistas de cine habría sabido imaginar, ni soñar. A María le nació en la angustia e incertidumbre del camino en un pesebre el mejor de los dones. Ahora en la mañana de Resurrección le renace a luz el Hijo como vencedor de la muerte y del pecado, nacido definitivamente para una vida nueva, para redimir todas nuestras oscuridades o muertes.

Nos unimos a María mujer de la Vida Nueva para volver a la escuela esencial de lo que quiere nacer. Nace y renace siempre, siempre, siempre... de la tierra, de la oscuridad, de la miseria, de la pobreza, como regalo para ser cuidado y acunado, protegido y entregado. María nos enseña el modo de cuidar al Señor ahora Resucitado, acompañando a los hermanos, perseverando en la oración, invocando juntos al Espíritu, esperando, contra toda desilusión y cansancio, un nuevo Pentecostés para nuestras comunidades, la Orden y la Iglesia. No a nuestro modo y según habíamos soñado… ‘Nosotros esperábamos...’ decían decepcionados. No reteniendo al Señor ni forzándole para que mantenga nuestros edificios y firme nuestros proyectos humanos de conservación y restauración de nuestras inercias y seguridades.

¿Acaso no ha sido aquella situación de los discípulos, tras la muerte de Jesús, un reflejo de algunos de nuestros sentimientos? Miedo, incertidumbre, decepción, cansancio, derrota, frustración, quiebra de las esperanzas… Vivimos tiempos recios en la Orden, en la Iglesia, en el mundo...

Un momento de éxodo interior en camino, (no solo Europa y Occidente, todo el mundo) hacia una tierra prometida (que ya está aquí) que no es el éxito numérico, ni el rejuvenecimiento de las fuerzas vitales, ni la expansión, o la apertura de nuevos sagrarios (que tanto encendían el corazón de la Santa), sino un presente de intemperie, de cambio de época y épica, en muchos casos de envejecimiento y también nacimientos inesperados, debilidad de nuestras fuerzas y fortaleza en humildad, crisis de estructuras materiales y cambio de paradigma (mentalidad y disponibilidad para reinventar la contemplación y la fraternidad, desde lo esencial y desde la lucidez teresiana de la experiencia desnuda de amistad apasionada con Cristo, desde el empeño, contra todo rencor y recelo, de querernos, reconocernos y tratarnos bien). Lo expresó con fuerza certera Monseñor Agrelo, para la vida religiosa y vale para la vida cristiana, para todos nuestros laicos y grupos:

“Doy gracias a Dios porque es él quien nos ha exiliado –quien nos está exiliando- de toda forma de poder social y eclesial, y nos está llamando a la marginalidad, a la no visibilidad, a servir, que es la única forma de seguir a Cristo Jesús. Tardaremos tiempo -¿cuánto tiempo más?- en caer en la cuenta de que, mientras creíamos estar trabajando por la renovación de la vida religiosa, en realidad no hacíamos otra cosa que derrochar energías en mantener lo viejo, en vestirlo de seda, en pasarlo una y otra vez por el esteticista. No se trata de volver a ser ‘muchos’, sino de dejarnos hacer por el Espíritu de Dios para que seamos en la Iglesia lo que él quiere, y realicemos la tarea que él nos confía. El futuro de la vida religiosa no se lee en las líneas de nuestras tradiciones ni en las vísceras de nuestras estructuras, sino en el evangelio y en el corazón de quienes se convierten y creen en él.” (Barcelona el 9 de mayo de 2015)

Me escribió Inma desde Badajoz y me dio la noticia… en una hora estaba programado el nacimiento de su hijo Martín, el primero. Luego lo vi durmiendo desnudo en su regazo. Momentos sobrecogedores del estallido misterioso de una vida nueva. La mamá se rompe y se abre para dejar salir a luz al hijo. La criatura pasa por la experiencia de la estrechura angosta y la intemperie. Nace la vida. Somos dados a luz y se nos regala la vida, la Vida. Nos es difícil aceptar, creer y reconocer la Resurrección que está como la verdad más entrañada en el corazón de todo lo creado, como un permanente resurgir con nuevo rostro e infinitas formas, también en lo viejo y estéril, también desde el fondo del pecado (‘¡oh, feliz culpa…!).

¿Queremos que resucite la vida sin que nada muera, que nos nazca sin que nada se rompa, que amanezca sin pasar por la noche?
¿Queremos nacer sin pasar por el túnel angosto del dejarnos hacer y alumbrar? ¿Por dónde nos quiere nacer la vida?
¿Qué nos enseña María, la Madre de Jesús y Madre de la Iglesia naciente, la Madre y Reina del Carmelo?
Guíanos tú, Madre, a la Fuente, a tu Hijo Jesús Vivo Resucitado, enséñanos a vivir en el Espíritu, dóciles al querer del Padre.

Junto a las ruinas en el Wadi donde nació el Carmelo ha comenzado a brotar agua de la roca. 
La higuera ya echa yemas y han florecido los árboles anunciando el fruto que nacerá. 
Entre las ruinas de Siria los niños cantan una canción con sonrisa no bombardeada ni vencida: nuestros corazones laten de nuevo volviendo a la vida. Juntos podemos tener esperanza. Queremos gritar fuerte: todo es posible.

¡Feliz Pascua hermanos. Gracias por ser Resurrección y Vida Nueva!

P. Miguel Márquez ocd
Provincial
1 abril 2018
Domingo de Resurrección
 

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