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14-12-2019
Feliz día
de san Juan de la Cruz

AVENTURA y PAISAJES Juan de la Cruz, el hombre de las ínsulas extrañas

¿Qué aventura y qué paisajes vive y descubre en su viaje?
¿Fue feliz Juan de la Cruz? El hombre atravesado por la pobreza y pérdidas tan tempranas; por terrible cárcel de sus hermanos; por el rechazo y desprecio al final de sus días, también de sus hermanos de hábito… Aquel al que Teresa le cambió la intención cuando anhelaba irse a la Cartuja, en busca de soledad y silencio, paz y sosiego, y luego viviría en su vida un sinfín de aventuras y caminos (¿24 mil km?). Sin embargo, por caminos que él nunca imaginó, en escenarios que él no eligió, Juan de la Cruz, vivió su sueño y se le cumplió la búsqueda que Dios había sembrado en él, como no había sospechado… 
Por eso nos fascina tanto su peripecia, su vuelo de pájaro solitario, sus hallazgos y descubrimientos… Veamos algo del dinamismo interno de su caminar…
Conocemos las historias de los grandes personajes por el final, tanto en caso de derrota, como de victoria, los leemos desde el final. En los cuentos se decía: fueron felices, por siempre jamás. Pero no conocemos de verdad a los héroes, a los santos, a los místicos, si no conocemos sus orígenes y su vida diaria, cotidiana. Necesitaríamos vivir con ellos un día normal para poder hacernos una idea, y nos sorprenderíamos de hasta qué punto son de los nuestros, con el alma atravesada de una fe luminosa también posible para nosotros.
Los místicos han sido descritos como nómadas, peregrinos, viajeros en la noche, buscando la patria, el hogar. Siempre en camino, nunca han llegado. Se sitúan como aprendices; no juegan a sabérselo todo. La verdadera señal de la sabiduría es la humildad. Cuanto más se sabe más se comprende lo mucho que queda por saber. Con gracia explica Santa Teresa que si de la gracia de Dios se sigue que la persona se crea mejor que los demás, en eso mismo muestra ser falsa su experiencia, porque lo que Dios deja, cuando es Él, es humildad.
Son inclasificables, imprevisibles, como dice el evangelio acerca del Espíritu: Sopla donde quiere, y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Juan 3, 8. Libres de sí mismos, libres de los demás y libres de Dios (del miedo a Dios, de una relación sin libertad, sin decisión propia. Su relación con Dios es la que nace de amor, del enamoramiento, no del deber). No aceptan disciplina de partido. Tienen el oído pegado a la tierra, las antenas levantadas, tienen el mejor móvil de última generación: un corazón unificado y una finísima capacidad de escuchar los adentros. Están dispuestos para moverse, para cambiar de posición cuando sea necesario. No se anclan a los éxitos o fracasos del pasado, no son inmovilistas, traicionarían el don que se les ha regalado, que no es para guardarlo, sino para invertirlo, para gastarlo en repartirlo gratuitamente.
Esa aventura, que devendrá creación y originalidad, más allá de lo establecido, de lo prudente, de lo canonizado hasta ese momento, conocerá la noche y el dolor: los místicos son todos ellos peligrosos excursionistas de lo desconocido de Dios y de sí mismos, bordean los acantilados desde los que se divisan paisajes que otros apenas vislumbraron, y se arriesgan a precipitarse en un abismo cuyo final no se adivina. 
Quisieron descubrir por sí mismos lo que otros les contaron, no se conforman con palabras plagiadas, no se conforman con palabras redondas. En ese empeño se jugarán la vida, aunque para ello tengan que atravesar el fracaso y la incomprensión, incluso la aparente derrota, ese será el precio que paguen por tan preciado tesoro…
En una vieja revista de Occidente, no sé de qué año, porque no lo descubrí en ninguna de sus páginas, había un hermoso artículo de Ana Puértolas, que se titulaba: El largo camino a Katmandú, en él decía: 
No existe la noche en el lugar soñado porque las sombras fueron borradas del mapa por una mano celestial. Un sol que no llega a quemar, tibio, suave, deslumbrante, nunca cegado, redondo y perfecto, brilla en el firmamento azul intenso. No existe la noche como no existe el frío, el viento helado. (…) Ni la noche, ni el frío, ni la muerte. Porque se han traspasado los límites, atravesado montañas, cruzado océanos, roto la línea del horizonte. El paraíso terrenal está hecho a imagen y semejanza del otro paraíso, allí donde acuden los escogidos, donde habitan los dioses. Una mañana de sol tibio y mar calmo partiré rumbo a una isla diminuta que he trazado en mi memoria. Abandonando la fe y las antiguas creencias. Sabiendo de antemano que los paraísos existen. Y no permiten nunca estancias definitivas. p. 119
El peregrino no se pone en camino si antes no ha sido tocado por la belleza de un amor único, que aúna todas las dispersiones. Podemos considerarlos artistas, genios, figuras únicas y cruciales de la humanidad y del saber, pero hay que conocer de dónde nace su fecundidad. Al místico le ha pasado algo, ha sido tocado en el centro mismo de todas sus búsquedas, ha sufrido, padecido un toque amoroso, o más bien un huracán amoroso, no previsto, no buscado, no programado. 
Ese toque, esa mano, hiriéndole, le ha hecho salir de sí a buscar la verdad de aquel amor, que ahora sabe que siempre estuvo ahí, cerca, al lado, dentro: Santa Teresa hablará del silbo del pastor, que llama a la vida, que se hace irresistible llamada a recogerse, a dejarse llevar donde uno no sabe. 
Juan de la Cruz habla de unos ojos deseados que lleva en las entrañas dibujados… La aventura, locura, intrepidez, riesgo del místico no se explica a partir de la mera voluntad o esfuerzo. El sólo esfuerzo no traerá la victoria, ni le hará alcanzar sus amores.
Algo que sólo Él sabe, y que no es posible explicar (sólo en un balbucir), ni él busca describir acabadamente, ha trastocado los quicios de la vida del buscador, y le ha puesto en camino, le han nacido mariposas en el estómago, pero, sobre todo, la certeza inconfundible, primigenia, fundante que escuchaba Jesús en el monte: un amor incondicional, que estaba ahí desde siempre y de cuya certeza se tiene más seguridad que de la propia vida y que acompañará después de toda oscuridad y espanto. 
Esta llama de amor viva, que hizo a Francisco de Asís un loco a los ojos de sus conciudadanos y que él no podía calmar, que hacía a Francisco Javier, enfermo y delirante, pedir más dificultad, si fuera preciso para llegar a donde aquel Amor le pidiese, que hizo a Maximiliano Kolbe cambiarse por aquel padre de familia y morir en su lugar; y a San Agustín exclamar después de haber vivido los amores humanos: tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé. 
No son de otra pasta, son como vosotros y como yo, han acogido algo que está en nosotros, y le han dado crédito.
¿Qué dinamismo se despierta en la experiencia de ese toque amoroso, de esta ausencia despertadora? ¿Adónde te escondiste? Clama, grita Juan de la Cruz al comienzo de su Cántico.

BÚSQUEDA en lo real que nace de una presencia-ausencia.

Sabiendo que la verdad de esa búsqueda consiste en que Él nos ha buscado primero y siempre madruga por mí.
Una de las canciones, para mí, más hermosas es la tercera: BUSCANDO MIS AMORES… Nos resulta muy familiar esta clave del místico a nosotros, hombres y mujeres de un mundo en permanente transformación, no solo el mundo exterior, sino, sobre todo el mundo de la interioridad... Siempre buscando una fuente.
La búsqueda lleva encerradas otras verdades asumidas por el enamorado:
Fugacidad: en la fugacidad de todo lo que acontece, encuentra el místico el prisma a través del que mirar la belleza de lo real. Como nadie, sabe que todo pasa, y es capaz de relativizarse a sí mismo, mirándose en la solidez de Algo (Alguien) más allá y más acá de sí mismo. Para siempre, siempre, siempre… diría Teresa de Jesús.
Aceptación: viéndose a la luz de otra mirada, el místico comprende su fugacidad, pero también siente que su historia ha sido asumida en el abrazo de Cristo que le hace no morir en su propia contingencia. La experiencia más radical del místico es comprender su fragilidad y saberse pleno de confianza, abandonado al amor incondicional de un Dios apasionado, al que siente prendado de sí, como el mejor de los enamorados. Dios no nos ama menos que a sí mismo, dice Juan de la Cruz en Cántico. Esta experiencia le lleva a aceptar su propia realidad como el territorio en el que Dios quiere venir a hospedarse.
Riesgo: es esta confianza más allá de sí, la que permite al místico dar un salto mortal, más allá de lo prudente, de lo comúnmente admitido. El místico sabe que sin riesgo no hay descubrimiento, y se atreve a fracasar, porque ningún éxito le trae noticia de Dios, si no es para devolvérselo entero a Dios: “A ti todo honor y toda gloria”, proclamamos en la Eucaristía.
Nacer de nuevo: como sus cimientos son demolidos permanentemente, sólo le queda sostenerse en “la confianza y nada más que la confianza”, (Santa Teresita). Su nostalgia es del nuevo nacimiento, que ahora se le regala. Vive lo inesperado. Su búsqueda es de algo que no conoce, e identifica en cada acontecimiento, cada criatura un guiño de Aquel al que anhela más que a nada en esta vida.

ETERNO PRESENTE

Así llamaba Isabel de la Trinidad a Dios, Eterno presente. Esa búsqueda de la que hablamos, se da aquí y ahora, sin negar nada del pasado, y sin renegar del futuro o esconderse de él. No espera tiempos mejores, es especialista en zambullirse en el corazón de la dificultad, que sufre como cualquiera o más, y trata de conquistar una perla con los tropiezos propios y los que otros le propician.
Juan de la Cruz escribió desde una cárcel uno de los más bellos poemas de amor que se han compuesto. Santa Teresa, en uno de los momentos más duros de su vida escribe una de las mejores páginas de la literatura mística: el alma es como un castillo de diamante o muy claro cristal; Santa Teresita revolucionó la espiritualidad de su tiempo, cargándose los cimientos de algunos principios teológicos inamovibles en su época, (tiempos de un Dios castigador, hambriento de víctimas que aplacaran su ira), a base de la doctrina del caminito y la confianza en el amor de Dios; Edith Stein atravesó las barreras de lo religiosamente permisible en su religión y fue más allá, en todos los sentidos, en la búsqueda de la verdad, hasta romper con su propia vida el miedo a esa Verdad. 
Historias llenas de dificultades y complicaciones, no renunciaron a sonreír en la dificultad, porque había una alegría que no era suya, alojada en las raíces de su espíritu.
Pensaban que les amordazaban, que les ponían cepos, que les asfixiaban en cárceles estrechas, pero ellos vislumbraron a través de ventanucos abiertos en el corazón de la más negra noche, paisajes que nunca imaginaron, y que les devolvieron la certeza de una verdad límpida, después de ver la cara de la muerte.

PERDERSE

Al final de la película de Pixar, CARS, suena una canción del Sueño de Morfeo que se titula: REENCONTRAR, y dice así: perderse no es ningún error, a veces es mejor. Te vuelves a inventar, te empiezas a reencontrar. Por la vida vas seguro y decidido, pero menos mal que acabarás perdido. Me sorprendo al escuchar la canción que me trae resonancias claras de Juan de la Cruz…
El místico bordea los límites, nadie es capaz de amansarle o someterle a norma externa, si no le viene de Aquel o Aquello por Quien ha sido herido. 
Se pierde voluntariamente y se deja perder para reencontrarse y encontrar el camino nuevo que será cita para un amor renovado, al modo como Él quiere. No guarda las brújulas que sus maestros le proporcionaron, para no equivocarse, dado que toda brújula nació de coordenadas que este Amante, esta Vida nueva no reconoce ahora, porque Norte y Sur, Este y Oeste, son ahora un camino por descubrir... Y, siendo este desconcierto la experiencia ‘umbral’ en el camino del místico, la experiencia más desgarradora y desoladora (“Adónde te escondiste, Amado”), se convierte en la que le trae las mayores e inesperadas alegrías.
Vive afincado en el no tengo nada que perder, (todo lo puedo ganar), ya que todo ha sido regalo... todo se me dará... por eso arriesga la vida entera en el paso que da, porque vive de la confianza en que la vida resurge y renace, a pesar de todos los callejones sin salida en los que se vio atrapado.

LA NOCHE

La noche se convierte en ámbito privilegiado de ENCUENTRO, donde el dinamismo de la relación adquiere su hondura más sorprendente. Hay muchas formas de nombrar la Noche Oscura sanjuanista; no es identificable con una depresión profunda... 
El místico no está tan preocupado por un tipo de noche que nace de inestabilidades emocionales o de una neurosis acentuada... La Noche forma parte de la verdad de nuestras raíces y nos invita a acoger su verdad oscura y a un dinamismo continuo de salida de sí para dejar que sea la luz.
La Noche sanjuanista, (como en las sextas Moradas de Santa Teresa) es la ocasión, en medio de la pérdida de sentido, de reencontrar nuestras verdaderas raíces y nuestro eje vital, bíblicamente, diríamos nuestro nombre... En la Noche se hace patente, de modo privilegiado, la luz que permite ver las cosas y las personas sin el disfraz de lo aparente, circuncidados de lo superfluo y engañoso.
 
La prueba mayor que se le pide al místico y que él mismo nos propone, es dejar que la imagen se caiga, sobre todo, la imagen con que nos aparece Dios, para que no impidamos su desvelamiento en verdad y sorpresa, como Él se quiere (Juan de la Cruz).
El gran descubrimiento de las búsquedas de los místicos, el más importante momento de su itinerario es aquel en que caen en la cuenta, con estupor y reverencia, de que quien les busca y les ha buscado siempre ha sido Él, que quien está enamorado, prendado y herido (el ciervo vulnerado) es Él, que él es el capitán del amor, que a mi puerta cubierto de rocío, pasa las noches del invierno oscuras (Lope de Vega), que quien tira piedras a mi ventana por la noche, con paciencia terca, es Él.
Este Dios que se da a luz a sí mismo a cada paso, y que viene siempre vestido con traje de novedad, para enamorarme de nuevo, para amarme mejor que la primera vez… ha fascinado la vida de los místicos, y les tiene enganchados, de forma que cualquier placer humano, por sabroso que sea, les sabe a ceniza y pérdida. Tienen prisa por darse al amor, por entregarse a una alegría tan verdadera, y no pararán hasta dejarse alcanzar. La clave para ellos será DEJARSE, déjate amar (Isabel de la Trinidad). No es otro el camino que ellos proponen, sino el de atrevernos a DEJARNOS, consentir, aventurar la vida. 

Voy a visitar a una amiga de más de 90 años, que me dice tímidamente la canción que le regala al Señor para calmar sus ansias y quereres, aquella canción de Perales, vuelta a lo divino, y me la canta sin ningún pudor (como los místicos): 

Cada vez que te beso me sabe a poco 
cada vez que te tengo me vuelvo loco 
Y cada vez 
cuando te miro 
cada vez 
encuentro una razón 
para seguir viviendo 
Y cada vez 
cuando te miro 
cada vez 
es como descubrir 
el universo 
Te quiero te quiero 
y eres el centro de mi corazón 
te quiero te quiero 
como la tierra al sol.

La mística se nos antoja un camino atractivo, pero que da vértigo, nos asoma al precipicio de lo no sufrido, lo no disfrutado… Nos asoma al vértigo del no creer. Riesgo de perderse o fracasar. Los santos y los místicos fueron más allá de lo que conocían, en confianza… No conocían el final de la historia. 

Dejar al Dios conocido, enjaulado, domesticado, conceptualizado, para acceder a un ámbito de silencio, de descalcez, incluso de ausencia, donde se hace audible, de forma sorprendente SU VOZ recién nacida. Nos atraen para lanzarnos más allá de sí mismos, hacia una experiencia propia, única, la nuestra; hacia el descubrimiento del Dios que mis ojos están llamados a percibir y mi corazón está necesitando amar… nos encaran, desafiándonos, a una aventura personal y comunitaria: aventuremos la vida, grita Santa Teresa, nuestra madre. 

Maestros de la verdad, no nos dejan anclados en sus escritos o en sus ejemplos. Nos llevan de la mano a un no sé qué, que yo y vosotros también conocemos, y no de oídas, que siempre ha estado ahí y siempre estará.

Quisiera añadir también una felicitación para los hermanos que hoy hacen su profesión solemne en África en Burkina. Germain, Martinien y Bonaventure. Mañana su diaconado. Y también la ordenación mañana de Bertrand y David. En Burkina Dedugú. Y la de presbítero de Juan Bogado aquí en Paraguay en Caaguazú. 

Miguel Márquez Calle
Provincial
14 diciembre 2019

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