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09-06-2020
Cuatro Años del fallecimiento de
Monseñor Gonzalo López Marañón

Tiempos de epidemia, tiempos de sufrimiento y de angustia, tiempos de desesperanza…. Y aún más y peor: tiempos de corrupción, tiempos de hambre, tiempos de despido y desempleo… ¡tiempos recios! (diría Teresa de Ávila). Realmente impresiona. No vamos a subir estadísticas y números de contagiados, ni de muertos. Ni tampoco vamos a reproducir discursos apocalípticos o remedios mágicos como cadenas de oraciones, bendiciones estratosféricas. Todo esto nos lleva a vivir en una situación de miedo, de pánico… Recién viajaba a España de regreso una amiga que había estado en Sucumbíos y comentaba de cómo había encontrado a su regreso una ciudad sin vida, sin alegría… Todos en sus casas, con miedo.

Tiempos recios también los que nos presentan: la prensa, la televisión, las redes sociales. No hay día en que no aparezca un nuevo caso de corrupción, sobreprecios, contratos manipulados… políticos preocupados más de sus intereses que de buscar juntos una solución para salir de la crisis.

Y en el fondo el sufrimiento del pueblo: sufrimiento por el coronavirus; angustia al ver que familiares, amigos, vecinos sufren las consecuencias de la pandemia, en ocasiones sin poder tener acceso a ser atendidos en los hospitales y con los medios oportunos; angustia por los que se van  sin siquiera poder despedirlos. Y posiblemente, más recios todavía los que están por venir. Pobreza, desempleo, hambre… para las grandes mayorías.

El sábado 9 de mayo celebrábamos en el Carmelo Seglar el cuarto aniversario de la Pascua de un gran amigo: Monseñor Gonzalo López Marañón.

Monseñor Gonzalo fue Obispo en Sucumbíos durante cuarenta años. Así nos cuenta una carmelita seglar cómo le conoció: Yo era muy joven cuando lo conocí. Lo acompañábamos al penal García Moreno a visitar a los compañeros indígenas del Putumayo, injustamente encarcelados. Eran los años 90. Me impresionó mucho su sencillez y cercanía, más aún cuando supe luego que era Obispo; yo no lo sabía, para mí era un padrecito de algún pueblo del campo, con ponchito y sombrero al que todos llamaban con mucha familiaridad solo Gonzalo. Muchos años después supe que era Carmelita, pero yo no sabía nada de la orden. Llegando al Instituto (Instituto de Espiritualidad Santa Teresa del Niño Jesús de Quito) es donde "ato los cabos". Qué bueno haberlo conocido. Era un hombre de Dios, muy sabio, amaba a Dios y amaba a nuestro pueblo. Estaba totalmente comprometido con la justicia y con la construcción del Reino de Dios. Tenemos mucho que aprender de él y de su mensaje, que nos conduce a Jesús y nos acerca al pueblo sufriente, al pueblo de Dios.

Pues a ese Obispo es al que queremos proponer hoy como uno de esos amigos fuertes de Dios que según Santa Teresa de Jesús se precisan en los tiempos recios, como los que estamos viviendo y los que nos toca vivir. Ese era el tema del Encuentro del Carmelo Seglar del Ecuador. Proponer a Gonzalo, obispo carmelita y misionero, no como modelo a imitar, sino como ejemplo para descubrir en él, las motivaciones profundas que le animaban (Jesús y la Gente).

Con Jesús y con la gente. Así reza el título del libro que escribió el P. Juan Cantero sobre la vida de Monseñor Gonzalo. Una fuerte confianza en Jesús (con Jesús) en la que encontraba él la fuerza, y el espíritu y la creatividad para estar junto a la gente (con la gente), con las comunidades, con las organizaciones, con las mujeres, con los indígenas, con los negros, con los pobres y junto con ellos encontrar salidas a las situaciones difíciles. Esa confianza que nos recuerda en esa bonita parábola que recupera Juan Cantero en su libro: “Ayer un niño de no más de dos años, estando yo concelebrando una misa, se paseaba de aquí para allá, como un pajarillo curioso, le hice una seña, vino hacia mí y lo senté en mis rodillas, y se durmió hasta el final de la misa. En esas condiciones pasé de concelebrante a sentirme casi como la Virgen con el niño en los brazos. Yo veía al niño tranquilo, durmiendo encima de mis rodillas y pensaba, pues más o menos o más que menos, así nos tiene a todos nosotros el papá Dios en sus brazos”.

Ahí en esa relación de ternura, de cariño, en esa oración… ahí encontraba Gonzalo su fuerza, su talante, su espíritu, su creatividad para salir (como diría el Papa Francisco) e ir a estar con la gente (indígenas, campesinos, urbanos, afros; mujeres, jóvenes, niños….). Y me viene a la memoria el recuerdo del encuentro que tuvo con el Papa Francisco, cuando, después de ser expulsado de Sucumbíos, preparaba ya su nuevo destino misionero en Angola, le dijo: “Santo Padre, yo quiero seguir siendo misionero” (tenía ya 80 años); a lo que el Papa le añadió: “Ya, ya… lo que tú quieres es seguir armando lío”.

Ese es el espíritu que necesitamos en estos tiempos recios y esa es la oración que nos mueve. No una oración en que le pedimos cuentas a Dios, y le decimos lo que tiene que hacer, y hasta le hacemos manifestaciones y huelgas (conseguir una cadena de cien mil padrenuestros, o avemarías o rosarios; unirse todos los curas del mundo para exigirle que termine con el virus, etc.). Le queremos cambiar a Dios su proyecto de hacer libre al hombre y a la mujer, y de confiarles el mundo en sus manos. Queremos que Dios gobierne el mundo a punta de milagros, como los gobernantes de este mundo lo gobiernan a punta de decretos.

Necesitamos personas como Gonzalo que con una actitud contemplativa, nacida de esa confianza profunda y tierna, nos ayuden a descubrir las señales del Reino que se encuentran en nuestro entorno, incluso en situaciones tan dolorosas como la que vivimos. Por ejemplo, señales del Reino, en medio del coronavirus:

Disminución muy clara y manifiesta de la contaminación. Con la disminución de la actividad industrial, de la movilización los carros y aviones…

Libertad de muchos animales de la selva (simpático el meme en que un grupos de animales desde la calle contemplan jocosamente a algunas personas, encerradas (en cuarentena) dentro de un escaparate de una tienda).

Mayor higiene (campañas de lavado frecuente de manos …).

Mayor sentido comunitario, toma de conciencia de que tenemos que salir juntos ya que el peligro es para todos: ricos, pobres, europeos, americanos, indígenas, citadinos…..).

Se hace manifiesto el sentido de solidaridad, por encima de egoísmos políticos, sociales, de personas corruptas; compromiso de servicio de médicos, enfermeras, etc.

Valorar lo comunitario por encima de lo individual y privado (salud, educación, bienestar…).

Relativizar el concepto de desarrollo basado únicamente en el tener.

Surgimiento de la toma de conciencia de la necesidad de asegurar un disponible mínimo para todas las personas.

Inimaginable creatividad para el encuentro, la relación, la comunicación, ante el aislamiento y la cuarentena, el arte, la cultura...

Dedicar tiempo al encuentro con Dios en la oración.

Nuevas formas de trabajo menos estructuradas y con mayor libertad.

Posibilidad de dedicar más tiempo a la familia y tener ocasión para mejorar las relaciones.

Disponibilidad de tiempo para encontrarse con uno mismo. Tiempo para reflexionar.

El virus obliga a relativizar muchas cosas, tiempo, espacio, etc… y quedarse con lo esencial. Gonzalo siempre nos decía: “Hay que saber ceder en las cosas menos importantes y secundarias y mantenernos firmes en las fundamentales”.

Y para concluir quiero citar un documento, “El Pacto de las Catacumbas”, firmado por un grupo de Obispos y Cardenales, que participaban en el Concilio Vaticano II y recoge una serie de compromisos asumidos por los firmantes. Y lo pongo aquí porque Monseñor Gonzalo, aunque no estuvo presente en el grupo, vivió con ese mismo espíritu y ese talante que manifiesta el documento. Recojo algunos de los compromisos asumidos:

Procuraremos vivir según el modo ordinario de nuestra población, en lo que concierne a casa, alimentación, medios de locomoción y a todo lo que de ahí se sigue.

Rechazamos ser llamados, oralmente o por escrito, con nombres y títulos que signifiquen grandeza y poder (Eminencia, Excelencia, Monseñor...). Preferimos ser llamados con el nombre evangélico de Padre.

Daremos todo lo que sea necesario de nuestro tiempo, reflexión, corazón, medios, etc. al servicio apostólico y pastoral de las personas y grupos trabajadores y económicamente débiles y subdesarrollados, sin que eso perjudique a otras personas y grupos de la diócesis.

Apoyaremos a los laicos, religiosos, diáconos o sacerdotes que el Señor llama a evangelizar a los pobres y los trabajadores compartiendo la vida y el trabajo.

Haremos todo lo posible para que los responsables de nuestro gobierno y de nuestros servicios públicos decidan y pongan en práctica las leyes, las estructuras y las instituciones sociales necesarias a la justicia, a la igualdad y al desarrollo armónico y total de todo el hombre en todos los hombres, y, así, al advenimiento de otro orden social, nuevo, digno de los hijos del hombre y de los hijos de Dios.

Conscientes de las exigencias de la justicia y de la caridad, y de sus relaciones mutuas, procuraremos transformar las obras de “beneficencia” en obras sociales basadas en la caridad y en la justicia, que tengan en cuenta a todos y a todas, como un humilde servicio a los organismos públicos competentes.

En la nueva etapa que nos viene, como decíamos arriba, los tiempos serán más recios aún. Así que necesitamos grandes líderes que vivan esa mística como Gonzalo: “Con Dios y con la gente”.

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