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08-09-2017
Teresa de Calcuta y Teresa de Lisieux
Historia de una amistad

"De sangre soy albanesa. De ciudadanía, India. En lo referente a la fe, soy una monja Católica. Por mi vocación, pertenezco al mundo. En lo que se refiere a mi corazón, pertenezco totalmente al Corazón de Jesús", solía decir la Madre Teresa de Calcuta cuya solemnidad litúrgica celebramos el 5 de septiembre.

Son varios los aspectos desconocidos de la vida de la santa albanesa, pero hay uno que llama la atención; y es la relación estrecha que tuvo con Santa Teresita del Niño Jesús.

Cuando Agnes Gonxha Bojaxhiu -nombre de cuna de la santa- tenía 18 años dejó su casa y se fue a Irlanda para ingresar la Instituto de la Bienaventurada Virgen María, congregación conocida como las Hermanas de Loreto, tomó por nombre Teresa en homenaje a Santa Teresa de Lisieux, Teresita del Niño Jesús, quien es patrona de las misiones.

La noche oscura

Además del nombre, también hay un vínculo relacionado con un episodio que ambas santas experimentaron en su vida: la noche oscura. Las dos teresas, al igual que otros santos, vivenciaron episodios de dudas y un gran vacío espiritual en algún momento de su vida terrena.

Este hecho se hizo visible en la correspondencia que sostuvo Teresa de Calcuta con sus directores espirituales publicada en un libro con el título "Ven, sé mi luz, las cartas privadas de la Santa de Calcuta". Ella habla del silencio de Dios que experimentó en su corazón por largos años:

"Esta soledad -este continuo anhelo de Dios- que me causa ese dolor en lo profundo de mi corazón. La oscuridad es tal que realmente no veo, ni con la mente ni con el corazón. El lugar de Dios en mi alma está vacío. No hay Dios en mí. Cuando el dolor del anhelo es tan grande sólo añoro una y otra vez a Dios, y es entonces cuando siento: Él no me quiere, Él no está allí (...) Dios no me quiere. A veces sólo escucho a mi corazón gritar ‘Dios mío' y no viene nada más. No puedo explicar la tortura y el dolor".

Mientras tanto, Santa Teresita vivió la oscuridad de la fe tres meses antes de su muerte. En unos de sus escritos dijo que Dios le permitió experimentar un vacío en su corazón para sentir lo que viven aquellas personas sin fe: "Dios permitió que mi alma fuera invadida por las más espesas tinieblas y que el pensamiento del cielo, tan dulce para mí, no fuera en adelante sino motivo de lucha y tormento".

La vocación al amor

Pese al silencio espiritual y el tiempo de oscuridad que ambas experimentaron, las dos fueron testimonio de la más grande vocación: al amor.

Teresita, en la narración que escribió sobre su vida, manifestó: "Entonces, llena de una alegría desbordante, exclamé: ‘Oh Jesús, amor mío, por fin he encontrado mi vocación: mi vocación es el amor. Sí, he hallado mi propio lugar en la Iglesia, y este lugar es el que tú me has señalado, Dios mío. En el corazón de la Iglesia, que es mi madre, yo seré el amor; de este modo lo seré todo, y mi deseo se verá colmado'".

Mientras que la Madre Teresa aconsejaba: "Lo que tú haces yo no puedo hacerlo, y lo que yo hago tú no puedes hacerlo, pero juntos estamos haciendo algo hermoso para Dios, y esa es la grandeza de Dios por nosotros: darnos la oportunidad de ser santos a través de las obras del amor que realizamos, porque la santidad no es el lujo de unos pocos. Es una tarea sencilla para ti, para mí; tú en tu lugar, en tu trabajo, y yo y los demás, cada uno de nosotros, en el trabajo, en la vida es donde hemos prometido honrar a Dios (...) Tu debes llevar tu amor por Dios a la vida", según se cita en libro "Donde hay amor está Dios", que recoge reflexiones de la santa.

De la redacción de Gaudium Press.

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